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Noviembre había llegado con un calor propio del verano y sin ánimo de cambio. Irina había ido a la Biblioteca Insular a buscar información para hacer unas tareas del instituto. El trimestre estaba des- cargando sobre ella una presión que solo la Navidad podría aliviar. ¡Y quedaba tanto…!

Cuando llegó a la biblioteca, oyó hablar acerca de la manifestación que tendría lugar esa misma tarde y que iba a recorrer desde la Plaza de Santa Ana hasta la Delegación del Gobierno, atravesando la Plaza de las Ranas, Triana, el parque de San Telmo y León y Castillo hasta llegar a la Plaza de la Feria; así que, como las ganas de estudiar no eran tantas, decidió acercarse y participar en ella. Era 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y la reivindicaciónReivindicación Reivindicar: reclamar como propia la realización o la autoría de una acción determinada. lo merecía.

Como se le había hecho un poco tarde, decidió caminar en paralelo por la Peregrina, Cano, Viera y Clavijo, Perojo… esperando sumarse a la mani- festación y llegó a la Plaza de la Feria en el preciso instante en que lo hacía la misma. Entonces sonó su móvil.

IRINA

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—¡Ay, mi madre! —dijo Irina, ya que… era su madre. La muchacha olvidó contarle el cambio de planes y Margaret estaba esperándola en la Plaza de las Ranas.

—¡Tienes la cabeza en otro lado, Irina! ¿Que estás… en dónde? ¡Con el tráfico que hay! ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo te voy a ir a buscar con lo de la manifestación? ¡Tú acabas conmigo! ¡Me vas a quitar del mundo!

«Y todo esto sin tartamudearTartamudear Tartamudear: Hablar con pronunciación entrecortada y repitiendo algunas sílabas y sonidos. ni respirar», pensó Irina.

—Mamá, es que pensé… la mani… la violencia de género…

—Pues pensaste mal y gracias a que soy pacífica porque si no te iba a explicar un par de cosas sobre violencia… Bueno, voy para allá. Tú cruza la plaza y espérame detrás de la estatua de Pérez Galdós. O mejor, en la Plaza de la ConcordiaConcordia Concordia: Acuerdo o armonía entre personas o cosas., que es más fácil aparcar… ¡La concordia…! ¡Que cuando te vea la vamos a necesitar…!

—¿Dónde dices? ¿Qué estatua? Ah, sí, esto que está en la plaza de… ¿de quién dijiste que era? ¿De Pérez qué más…? ¿Y qué es concordia?

—Tanto estudiar para naítanaíta Naíta: Vulgarmente es lo mismo que nada., mi niña. ¡Esto… la estatua es de Pérez Galdós! Vaya incultura… En fin, que me quedo sin batería. ¡Detrás de la estatua en diez minutos! ¡No, en la Plaza de la Concordia; y a ver si llego antes para comprarte un diccionario!

¡Porque vaya escasez de vocabulario, mi niña! ¡Tanto gastar en ti para esto!

—Pero ¿Pérez Galdós no es una calle?, ¿la de mi institu…

—¡Cambio y corto, que no quiero escuchar más estupideces!

Irina fijó sus ojos en la escultura de don Benito Pérez Galdós y se llevó en la retina aquella cabeza apoyada en un bastón, y se llevó en el alma un quebrantoQuebranto Quebrantar: Romper de forma violenta una cosa dura, especialmente sin que lleguen a separarse del todo sus partes. cercano a un dolor que no supo explicar. ¿Qué tenía aquella mirada?

Leyó las palabras escritas a sus pies… No entendía. Y esos ojos de bronce, y esas manos grandes…

¿Por qué le dolía? Tal vez fuera fruto de la bronca que su madre estaba a punto de endosarle, tal vez por lo que oyó a una de las manifestantes sobre que hoy mismo la brutalidad de género se había cobrado otra víctima, o tal vez…

Sacó el móvil y fotografió el texto que venía en el lateral de la escultura de aquel hombre que le pareció tan triste y solo:

Y como de la noche nace el claro día, de la opresión nace la libertad.

—Mamá, ¿por qué tiene que existir lo malo para que nazca lo bueno? ¿Quién es ese anciano triste de la Plaza de la Feria? ¿Por qué le pusieron su nombre a una calle, un instituto, un teatro…?

—Primero, un beso, muchacha. Y segundo, ¡no eres lista ni nada! Para evitar la bronca que te mereces, te subes al coche en plan Aristóteles, con esa filosofíaFilosofía Filosofía: Conjunto de reflexiones sobre la esencia, las propiedades, las causas y los efectos de las cosas naturales, especialmente sobre el hombre y el universo. que deja bastante que desear por otro lado. Anda, ponte el cinto que nos vamos. ¡No sé ni cómo accedí a que tuvieras móvil si para lo necesario no lo utilizas! ¡Ya me podrías haber dicho que no estabas en la biblioteca! ¡Tienes que pensar un poco en los demás, que estoy todo el santo día trabajando para que tú…!

—Mamá, ¿ese tal Pérez Galdós es canario? ¿A qué se dedicaba? ¿Y qué hizo para tener esa escultura tan grande en la Plaza de la Feria?

—Pero ¿tú me estás escuchando a mí o estás «de viaje», como sueles hacer? Para cambiar de conversación que te llamen. ¡Vaya con la filósofa! ¡Espero que en las notas del primer trimestre se vea reflejado lo espabilada que te has vuelto!

—¿Tú sabes algo de él?

Irina solo tenía pensamientos para Don Benito: aquella estatua, aquella frase… no se lo quitaba de la cabeza. ¡Y la pena…! Subió al coche y lo llenó de pena, oía a su madre pero veía al anciano, y otra vez la pena. Veía a su madre y en sus ojos creía leer la frase. No había merendado, ese podría ser el problema…

—Pérez Galdós es canario, de Gran Canaria, pero no se prodigó mucho por la isla —comenzó a contarle su madre—. Se fue a Madrid con diecinueve años y regresó solo cuatro o cinco veces para acá. Fue un grandísimo escritor según dicen. Nació en la calle del Cano y allí está su Casa-Museo. Se bautizó en la Iglesia de San Francisco y estudió en el colegio de San Agustín, en Vegueta. Más tarde viajó a Tenerife para pasar el examen de bachiller.

»Por lo que cuentan, se sacudió el polvo de sus zapatos; unos dicen que al llegar a Cádiz, y otros que en el Muelle de San Telmo, en 1862, cuando lo mandaron a estudiar a la Península. Otros dicen que lo hizo cuando regresaba a Madrid después de su último viaje a la isla, a finales del XIX, cuando tenía cincuenta y un años y ya era un escritor consagrado.

—¿Cómo es eso, mamá?

—Pues no sé. Como lo cuentan, te lo cuento. Parece ser que no quería saber nada de su tierra y hasta el polvo que pudiera tener de ella se lo quitó de encima. Bueno, de debajo, de los zapatos, ¡ja, ja, ja! Eso es lo que sé de Benito Pérez Galdós. Un madrileño más creo yo… Ah, y que en Schamann muchas calles tienen el nombre de algunas de sus novelas y personajes de ellas: Doña Perfecta, Mariucha, Pepe Rey, Pedro Infinito, Pío Coronado, Voluntad, Sor Simona… Y si quieres saber más, busca información, que hoy tienen todos los medios y no saben buscarse la vida. En mi época…

—¡No empieces, por favor, que esto es serio!—alzó la voz Irina—. ¡Ya está bien de comerme la bola! ¡Ya…! —soltó Irina de muy malas maneras.

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Margaret se quedó pasmada con la salida de tono de su hija. No supo bien si darle un guantazo o un grito… No supo. Miró para ella, con sus bonitos ojos color miel, y vio los de su hija muy abiertos y llenos de lágrimas, y… no supo.

Llegaron a casa en silencio. La una todavía en shock por la salida de tono de la otra, que miraba sin mirar. Tal vez ni parpadeara en todo el camino.

Esa noche aquellas dos personas no hablaron más. No hubieran sabido ni qué contarse. Todo era muy raro. No era cotidiano, no.

Así acabó el día y el descanso nocturno se llenó de manifestación, escritores, barcos, calles que cobra- ban vida de novela y polvo en el camino. Mucho polvo…

—Vayan eligiendo tema para trabajar en Litera- tura —decía la profesora de Lengua—. Recuerden que lo pueden hacer a mano o en un Word. Puede ser individual o en parejas. La fecha tope es el último viernes de enero. Tema libre, ya saben. Elijan autor o autora de reconocimiento internacional e inda- guen en su biografía y obra. Algo clarito, ¡y sin copia/ pega!, porque si no…

—¡Porque si no se llevan un cero del tamaño del rosetón de Santa Ana! Lo sabemos… —respondie- ron al unísonounísono Que tiene el mismo tono o sonido que otra cosa. los alumnos de aquella clase del insti- tuto llena de alegrías y ganas de echarse unas risas en cualquier momento del día.

—¡Pérez Galdós! ¡Pérez Galdós! —se oyó una voz al fondo de la clase que repetía, como en tranceTrance Trance: Momento critico y decisivo por donde pasa alguien., ese nombre—. ¡Pérez Galdós…!

—Seño, que Irina va a hacer el trabajo sobre el nombre del instituto, ja, ja, ja —gritaba y reía Marco señalando a su compañera—. Más vale que lo hagas del PolitécnicoPolitécnico Politécnico: Que abarca muchas ciencias o artes., a lo mejor también es un escritor de fama mundial, ja, ja, ja.

Todos chillaban y se reían a la vez que golpeaban sus mesas como si no hubiera un mañana. Solo Irina y la profesora, María Dolores, callaron.

Cuando ya se estaba subiendo de nivel la algara- bía, esta se levantó como un resorteResorte Resorte: Mecanismo que utiliza un muelle para almacenar energía que se libera bruscamente al soltarlo. y dio tal golpe en su mesa que, si los corazones no hubieran sido nuevos, alguno se podría haber parado en el acto.

—Irina, ¿vas a escribir sobre un escritor canario?

—se dirigió, incrédula, la profesora a la chica.

—Pero de fama internacional, como usted pidió

—le contestó Irina.

—Ya, mujer, pero es que en torno a Galdós hay una fama…

—Ah, ¿pero existe un escritor llamado Galdós?

—replicó Marco—. Yo pensaba que era una calle… Y otra vez el alboroto. María Dolores explicó que la calle, el instituto, el teatro y demás eran por la misma razón. «La ignorancia, qué atrevida es…». Y vuelta a las risas y al cachondeoCachondeíto Cachondeo: Juerga o diversión animada. hasta que la música

del cambio de hora fue apaciguandoApaciguando Apaciguar: Tranquilizar o moderar. los ánimos.

A la señal de «ya pueden…» la clase se vació como si alguien hubiera tocado el botón de la cámara rápida. Solo Irina se quedó un poco reza- gada. Bueno, y también Manuela. Pero eso ya era costumbre…

Irina estaba cada vez más triste. ¿Habría hecho bien eligiendo a Pérez Galdós? ¡Si no sabía nada de él! Pero ahora… ahora no le iba a dar el gusto a algunos compañeros echándose atrás con su elegido, sobre todo después del cachondeítoCachondeíto Cachondeo: Juerga o diversión animada. que se armó en la clase.

Pero lo de María Dolores… eso fue lo que más la hizo dudar. Que la profe no tuviera claro si Don Benito era idóneo o no para hacer la tarea… ¿Había algo que ella no sabía?

En realidad no sabía nada.

Aquella mañana la biblioteca del instituto fue su mejor refugio. Y Pérez Galdós, su aliado. Por la tarde fue a ver la Casa-Museo del escritor y recorrió Vegueta hasta que el espíritu investigador ganó la batalla a sus piernillas cansadas. Entonces se sentó al pie de la fuente, en el Pilar Nuevo, detrás de la Cate- dral de Santa Ana, sacó el móvil y empezó a leer artí- culos relacionados con Don Benito.

Una de las veces que levantó la cabeza para estirar su cansado cuello, vio a Manuela sentada en los esca- lones de la trasera de la catedral. Levantó la mano para saludarla y siguió a lo suyo.

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Yolanda, Teo, Pablo y Plácido, principalmente, fueron llenando la cabeza de Irina de información difícil de procesar por el gran desconocimiento que ella tenía sobre el escritor canario.

Ya de vuelta a casa pensaba que, por un lado, había hecho bien en escoger a Don Benito, pero por otro… no se veía capaz de sintetizarSintetizar Sintetizar: Exponer de forma breve, escrita u oral, y a modo de resumen, un conjunto de ideas fundamentales relacionadas con un asunto o materia que estaban dispersas. su enorme obra lite- raria. Así que, un poco descorazonada, fue nueva- mente a la Plaza de la Feria para acercarse al hombre hecho bronce.

Empezó a leer Tormento, una de sus muchas

novelas, publicada en 1884:

Tan deseosos estamos los dos de contar nuestras cuitasCuitas Cuita: Desgracia o circunstancia adversa. y de dar rienda suelta al relato de nuestras andanzas y felicidades, que no sé si tomar yo la delantera o dejar que empieces tú…

Dejó de leer y miró la estatua.

—¿Quién eres, Benito?, ¿quién te inspiró? ¡Dime algo! ¿Renegaste de tu tierra? No lo creo. ¡Ayúdame a quererte y a que te quieran, por favor! —hablaba para sí Irina cuando la pena comenzó a brotar de sus enormes ojos negros.

Imagen de la vida es la novela y el arte de compo- nerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades. Todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud de la belleza de la producción.

—Don Benito, ¿es usted el que me habla?, ¿quién me gasta esta broma?

A punto de salir huyendo o de desmayarse tal vez, alguien agarró la mano de la muchacha para que se contuviera. Y es que Irina había oído voces, aunque…

¡estaba sola en la plaza!

—¡Chacha, chaaaacha! Relax, compi, relax.

¿Cómo te va a hablar una estatua de bronce, amiga? Aunque la otra opción tampoco te libraría del psicó- logo, ¡ja, ja, ja! Soy yo, Gara. ¿No te acuerdas de tu amiga? ¡Ga-ra!

Gara era la amiga de Irina que tanto le había ense- ñado sobre la historia de los antiguos canarios. Vino por primera vez, desde el pasado indígena, para ayu- darla en un trabajo del colegio hace unos años y, desde ese momento, se hicieron amigas.

De vez en cuando recibía la visita de su antepa- sada a través de una línea del tiempo segura, como ellas mismas decían. «Siempre que se respeten las normas no pasará nada», le recordaba la bella indí- gena a cada rato.

Era un secreto muy bien guardado. Y es que los caminos adelante y atrás de la historia habían de transitarse con respeto y mucho cuidado. Es lo que tienen los viajes en el tiempo. Sobre todo, si en tu tiempo no querías acabar en el psiquiatra.

Al principio era Irina la que aprendía de la indí- gena Gara, pero se dieron episodios en los que le enseñaba cosas actuales, como aquella vez que la llevó a la Fiesta de la Rama de Agaete.

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—¡Yos, qué susto, Gara! Pensé que la estatua me hablaba. ¿Cómo diste conmigo? ¡Cuánto tiempo!

—Si te parece, te mando un wasap… ¡Te veo muy venida a menos, Irina! ¿Y confundir mi voz melo- diosa con la de ese señor…? ¡Ya te vale! Cada vez me recibes con más honores. No te pido la alfombra roja, pero…

—¡Ya empezamos con las bromitas! Pero esta vez, sabelotodo, no me vas a poder ayudar. La tarea se las trae y vaya si se las trae. Estoy que no duermo. Este hombre del siglo XIX me tiene el cerebro ocupado completamente y, encima, nadie parece creer en él… Y tú no estabas cuando él estaba… Aunque ahora estás… ¡No sé, vaya lío tengo!

—Bueno, tranquila. Yo no estaba, pero ahora estoy y te voy a acompañar en su búsqueda. Yo formo parte de la historia de esta tierra, como tú y Don Benito. Así que vamos a ponernos manos a la obra.

—¿Qué te parece la frasecita?

Y como de la noche nace el claro día, de la opresión nace la libertad.

—Pues eso. Aprecias lo positivo en función de que lo negativo existe. La comparación es lo que hace que valores las cosas. O algo así. Pero tranquila. Vamos allá. Oye, ¿has visto cómo te observa esa niña?

—Sí. Es Manuela y está en mi clase. Habla menos que el mudo de los hermanos Marx. ¡Y creo que lleva toda la tarde siguiéndome! ¡Manu!, ¿qué quieres, chacha? ¡Si pareces mi guardaespaldas!

—Perdona, pero no me atrevía a preguntarte si puedo estudiar a Galdós contigo. Hacer la tarea entre las dos…

—No sé… El cine mudo pasó a la historia y aquí hay que moverse para buscar información y no solo pasarse el día haciendo dibujitos y mirando al infi- nito y más allá… Y a veces, Manu, reconócelo, te mueves menos que los ojos de Espinete.

—Tranqui, me encanta Don Benito y te puedo ayudar. Además, toco el piano, como él, así que podemos hacer una presentación con fondo musical. Y… dibujar se me da de maravilla.

—Bueno, vamos a intentarlo. Pero yo soy un poco rarita y me gusta hablar sola. No me hagas caso si pasa y, sobre todo, ni una palabra a nadie de mis chaladu- ras. Bueno, con lo que tú hablas, mi secreto estará a salvo contigo, digo yo…

Gara escuchó la conversación. Le dio pena de Manuela. Era la típica alumna que pasa desaper- cibida para todo el mundo. Una niña transparente. Había mucha gente así. Observadora, callada, en su mundo y siempre dibujando.

No era mala estudiante, no. Alguna vez había tenido problemas por no participar como el resto o, lo que era más grave, por hacer caricaturas de sus compañeros o de los profesores. Y eso pudo ser lo que hiciera que los demás alumnos respetaran su silencio: «¡Caricaturas de profes, colega, la bomba! Manu es la bomba… pero sin sonido».

Algo le decía que Manuela era especial y no solo por su silencio. Ella apoyaría la idea de que Irina la aceptara como compañera. «Una hablando sola y otra solo callando… Interesante», pensó Gara.

Las chicas se despidieron de la estatua y cada una se fue a su casa.

Pablo Serrano fue el escultor que inmortalizó a Don Benito en la Plaza de la Feria. Este gran escul- tor quiso mostrar a un Galdós enérgico y observador a la vez que con un aire como ausente de la cotidia- neidad. Lo que para Irina era penita bien pudiera ser la serenidad de la edad o su carácter introvertido, lo mismo que la niña Manuela.

Después de un bañito y una cena espectacular que Margaret, su mamá, le había preparado, se fue a dormir y a soñar con el hombre de bronce. Manuela tocó un rato el piano y Gara se esfumó en su mundo. O tal vez en el nuestro…

Por la mañana, la indígena despertó a su amiga. Esta dio tal grito que puso a su madre tensa como el arco de Orzowei, como ella misma decía…

—¿Qué haces? ¿Cómo me asustas de ese modo, compi?

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—Irina, ¿qué pasa? —preguntó la madre desde la cocina—. ¿Ocurre algo?

—Un bicho, mamá. Solo era un bicho.

—Vaya, gracias por lo de bicho —dijo Gara—. Toda la noche currando para la señorita y solo se le ocurre compararme con un bicho.

—Mi niña, ¡vaya susto me diste! Lo siento. Y eso de trabajando toda la noche para mí… ¿te tocó guardia o algo?

—Menos vacilones que cojo la línea del tiempo y me regreso a la cumbre. Y ahí te quedas con tu San Benito.

—Vale más que cojas la línea 1 y te vayas a Las Canteras, que hace mejor tiempo… Y, que yo sepa, no es santo mi Don Benito.

—Pues vístete y ponte los auriculares, que te voy a hablar a través de ellos. Memoriza todo porque no estoy para repetir. Y tú tampoco deberías repetir… curso, ¡ja, ja, ja! Y procura no hablarme si no quieres que te hagan un control antidrogas. Recuerda que tú eres la única que tiene el privilegio de verme. Y a ver cómo lo hacemos con Manuela… ¡No le puedes contar nada de nuestros viajes, recuerda!

—De acuerdo, eso déjamelo a mí. Pero cuén- tame cómo has conseguido la información, porfi. De noche está todo cerrado y…

—Pues tocando el timbre a la altura de Don Benito Pérez Galdós, mi niña. ¿Siglo XIX, dices? Y también

parte del XX, monada. ¿Te acuerdas de la magia de nuestros viajes? ¿O ya eres mayor para esas cosas? Bueno, Iri, ahora calladita y no me interrumpas.

»Finales de mayo de 1843. Paso por delante de la iglesia de San Francisco y veo a un montón de gente saliendo de ella. Acaban de bautizar a un niño al que le han puesto de nombre Benito María de los Dolores.

»Su madre, María de los Dolores Galdós, lo lleva en brazos, maravillosamente vestido de blanco con un faldón reluciente hecho de barbilla. Un montón de chiquillos de todas las edades viene detrás de ella. Y es que el pequeño es el más chico de diez herma- nos. Su padre, Sebastián, trata de que mantengan la calma como buen coronel del ejército que es.

»Las campanas suenan armoniosas y dulces. Y sus hermosos sonidos acallan, a ratos, las voces felices de los nueve hermanos de Benito y también las de sus primos. Ya de mayor, Don Benito dijo que dis- tinguiría el son de aquellas campanas entre cien que tocasen a un tiempo.

—Me parece que lo estoy oyendo decir eso, Gara. Seguro que la nostalgia por haber dejado atrás su ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, no lo abandonó nunca.

—Ya veremos, Irina. Todavía no lo tengo muy claro. Pero lo que sí aprendí en el archivo histórico, por donde te podrías pasar alguna vez, es que cuando Don Benito nació, la ciudad se llamaba Las Palmas, sin lo de ‘de Gran Canaria’. Por no meter la pata, Irina, digo yo…

—Pues gracias, amiga. Pero yo sin magia también puedo aportar algo: acabó el bachiller y se examinó para obtener el certificado en Tenerife porque aquí no había instituto público. Lo hizo por Bellas Artes porque era un grandísimo dibujante.

»Sin tener veinte años ya publicaba poesías satí- ricas, ensayos y cuentos en la prensa canaria. Escri- bió cerca de cien novelas, casi treinta obras de teatro, cuentos, artículos en prensa y ensayos. Su memoria y su inteligencia eran… ¡casi como las mías!

—Sí, claro, ¿ytuestatua? Hablarécon Don Benito.

¡Bájate, Benito, que sube Irina!

—Algún día, amiga. Algún día, ¡ja, ja, ja! ¿Y cuándo abandonó la isla y por qué? ¿Sabes algo de eso?

—Pues resulta que llegó a su casa una primita llamada Sisita de quien dicen que se enamoró el joven Benito. ¿Y qué hizo su madre?, pues echarlo para Madrid para apartarlo de aquella relación.

—¡Pobre Benito! ¡Y pobre Sisita! ¡Y así acabó la relacioncita! ¡Ja, ja, ja!

—Pues sí. Y no te rías, que parece que no lo pasó muy bien. Se fue para Madrid a estudiar Derecho, pero eran más las veces que no iba que las que iba a clase a la universidad. Le gustaba echarse a las calles y observar la vida diaria, ruidosa y diligente de aquella ciudad que lo acogió. Bueno, quien lo acogió, porque estaba en la pensión cuando llegó fue su amigo Fer- nando León y Castillo, también canario.

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—¡La calle que pasa por delante de la Plaza de la Feria! ¡Qué casualidad! Bueno, que me parezco a Marco. Ya sé que antes era el señor y después la calle… ¡Pues vaya, no debe de ser muy malo perderse clases si lo hizo el tan afamado escritor…!

—¡Ay, Irina, qué simple eres! A veces parece que la evolución se olvidó de ti. ¡Vamos, que te dejó atrás! En fin, ¡a lo nuestro! León y Castillo, pues también sé algo de él. En el archivo histórico me informé. Fue abogado, político y embajador de España en Francia.

»Cuando reinó Alfonso XII, lo nombró ministro de Ultramar y de la Gobernación cuando fue regente María Cristina, madre de Alfonso XIII, quien solo era un niño cuando accedió al trono. Por eso gobernó sumamáuntiempo. Lapropia María Cristinacreóun marquesado para Fernando por su labor. Lo nombró marqués del Muni, un lugar en Guinea cuando esta era española.

»Nació en Telde en 1842 y murió en Francia. Fue miembro de la Real Academia de Ciencias, ¡Morales y Políticas!, y estudió Derecho. En 1992 fue nombrado hijo predilecto de Gran Canaria a título póstumo y… que sepas que la Plaza de la Feria, como tú la llamas, tiene otro nombre. El oficial, por así decirlo. Se llama Plaza del Ingeniero León y Castillo. ¡Este dato es para que te eches el pisto un pizco…! Así, Don Benito está en la plaza de su amigo, como acogiéndolo de la misma forma que lo hizo él cuando llegó a Madrid.

—¿Sí?, ¡qué chulada de descubrimiento, Gara! Aunque creo que ese dato lo he leído ya en algún lado.

—¿Sí?, ¡pues no! ¡Qué chulilla! ¡Ja, ja, ja! ¡No te puedes tragar todo lo que te dicen sin antes investi- gar, pequeña Irina! La Plaza de la Feria se llama Plaza del Ingeniero Juan de León y Castillo, hermano de Fernando. Por tanto, Don Benito está en la plaza del hermano de Fernando, así todo queda en familia…

—¡Para, para…! Me tienes la cabeza loca. ¡Y no te permito que me vaciles más! En fin… No, no te enfades, de verdad que te agradezco todo lo que estás ayudando en mi tarea. Pero no sé… Algo me ronda la cabeza y no tengo palabras…

—¡Pues compra un diccionario! O, mejor, un cuento de Galdós que se llama La conjuración de las palabras, y verás qué divertidas son. ¿Qué es eso de que no tienes palabras? Hay que leer, Irina, hay que leer más. La falta de vocabulario es un mal que está muy mal… ¡Y mientras más leas menos te engaña-

ran! ¡Ja, ja, ja! ¡Y más libre serás!

—¡Madre mía, si sumo las broncas de mi madre conlasdelaseño María Dolores, nollegamosalasque tú me estás echando encima a cuenta de Don Benito! Pero sigamos, que no acabo hoy. No te enfades, pero todo lo que hemos ido recopilando hasta ahora no saca a Don Benito del lugar que muchos le han adju- dicado. ¿Te acuerdas? ¿Lo de que se sacudió el polvo de sus zapatos? ¡Y a mí me da tanta pena! Uno de los mejores novelistas del mundo no pudo haber quitado de sus entendederas el lugar en el que nació… No sé. Vamos a investigar a ver qué nos sale.

»Y vamos… digo, voy a quedar con Manuela porque me da que trabaja menos que el sastre de Tarzán. En clase se mueve más la estantería que ella.

¡Vaya personaje, siempre callada y fijándose en todo! Parece un búho. Puede estar enroscada en la silla horas y horas sin moverse y sin hablar, que es todavía peor. A ver, a ver qué le mando hacer.

—Pues te tengo que dar la razón. No solo hay que buscar información, sino leer entre líneas. ¿No es eso? A investigar se ha dicho. Ah, y con respecto a Manuela… ¿no dices que sabe pintar y tocar el piano? Pues que investigue esas facetas de Don Benito, que a él se le daban bien esas otras discipli- nas artísticas.

—De acuerdo. También sabemos que, aparte de escritor, dibujante, constructor de maquetas y músico, Don Benito fue político. Vamos a ver si hay referencias a su tierra por ahí, porque en sus novelas… parece que no hay ninguna, y ¡mira que escribió! Pero claro, Gara, salió a la fuerza porque su madre así lo decidió y dejó atrás a Sisita. Se iría con mucho coraje, digo yo…

—Sí, pero eso no es científicamente demostrable.

—¡Vaya con Einstein! El amor no es ciencia, amiga Gara. Tú tal vez no sepas de eso.

—Puede, pero veo que tú estás muy puesta. ¿No estarás enamorada? ¡Irina tiene novio! ¿Te acuerdas del pastor de Risco Caído, aquel niño que tanto te gustaba hace unos veranos? ¡Irina tiene novio!

—Calla, que te pueden oír. ¡Esto… yo…! Sí, no…

¡No tengo novio! Y vamos a dividirnos el trabajo, que la tarea tiene plazos y, por lo que veo, muchas piedras en el camino.

—Como el amor, Irina, como el amor… ¿Ves como yo también conozco?

Irina se fue a la Biblioteca Pública, portátil en mano, donde había quedado con Manuela. Se sentó a espe- rarla cerca de una ventana por la que podía observar ese océano que surcó Don Benito para dejar atrás la isla. La niña estaba dispuesta a entender a ese hombre. La pena que sentía le dolía en el alma. ¡No podía ser que se fuera y se olvidara de su tierra! ¡No podía ser!

Encendió el ordenador y empezó a leer todo lo que se ponía delante de su vista que tuviera que ver con el escritor. Manuela llegó cargada de libros y, con ese andar desgarbado fruto de su elevada estatura, se puso al lado de Irina. Esta se sobresaltó.

—Chacha, ¡qué susto! Eres más sigilosa que la Pantera Rosa. Siéntate, anda, que me da tortícolis mirar para arriba. ¿Qué traes ahí?

—Perdón. Traigo libros de dibujos de Galdós.

—Vale, vale, no hables tanto que me dislocas. Y siéntate derecha, muchacha, que pareces una culebra.

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Hemos hablado… digo, he pensado que te puedes encargar de la faceta de Don Benito como dibujante y músico, y la relación con Canarias. Sé que es la parte menos conocida, pero tal vez tú…

—Está bien, lo tengo todo controlado. He com- puesto un arrorró para piano y voz con una cuarteta que pudiera ser de Don Benito, aunque últimamente su autoría ha cambiado de dueño. Parece ser que estaba en poder de Don Benito, pero que no la había escrito él. Su hija, María, siempre dijo que su padre la escribió, pero se ha estudiado que no es así. Sea o no sea suya, he querido ofrecérsela como homenaje. La segunda estrofa la compuse yo:

Arrorró, arrorró (bis). Duérmete, niño chiquito, mientras tu madre canta

y arrulla junto a la cuna al hijo de sus entrañas.

Duérmete, gran Benitillo, sueña tu tierra canaria, que ya la luna se asoma

y el Roque Nublo te ampara.

Arrorró, mi niño, arrorró, mi amor (bis). Arrorró.

—¡Guaaaaauu! ¡Qué maravilla! Con esto lo petamos seguro. ¡Te pasaste, colega! ¡Eres lo más! Nunca había oído…

—También me he vuelto a encontrar con él a través de sus dibujos. Fíjate, estamos sobre el suelo en el que se alzaba el Castillo de Santa Ana, derri- bado en 1859. Mira, mira este dibujo, es del castillo que te digo. Y también se ve la muralla norte de la ciudad. El dibujo es de Don Benito. ¡Mira, mira…! Además, estoy releyendo los Episodios Nacionales para niños. Y de sus cartas con diferentes personajes se puede deducir…

—Compi, compi… ¡Paaaara! ¿Sabes que eres la mejor? ¿De dónde salió esa inteligencia y ese palabre- río? Si pensé que estabas en el insti para decorar una esquina. Tan sigilosa como un fantasma… ¡Gracias, universo, por hacerme testigo de tan bonito milagro!

¡Ven aquí que te bese, ven aquí!

—Hablando de fantasmas. ¿Tienes un rato y te cuento algo?

—¿Vas a contarme algo? ¿Tú? ¿Y esto a qué se debe? ¡El cambio climático pudiera ser! ¡A ver, que me muero de curiosidad!

Y como si nada de lo que había dicho Irina en plan burla le hiciera daño, la pequeña comenzó a leerle algunas partes de Necrología de un prototipo, cuento de Don Benito publicado en El Ómnibus el día 1 de diciembre de 1866 y que firmó con el pseudónimo

  1. de V.:

Allá a espaldas del coro se eleva el más enorme ins- trumento músico que han inventado los hombres. Un complicado sistema intestinal lo compone: cada intestino es una nota, cada serie de tubos un tono. Sus voces son las del violín, la del oboe, la del arpa, la del gallo, la del ruiseñor, la del pavo. Suena, muge, canta, trinaTrina Trina: Enfado., ronca, ensordece y calla.

Todos los sonidos que en la naturaleza existen están allí archivados y clasificados.

El hombre de la capa se acerca, llega y exclama:

fiat armonia

El hombre de los rezos era una especie de excre- cencia: parecía que se había criado como un liquen en las piedras del edificio. De seguro un naturalista le hubiera echado el lente creyéndole una magnifica estalactita…

¡Qué feo era! Su piel semejaba al forro de un Decretalium thesaurus mil veces leído: los huesos de la cara pugnaban por salir a luz pública, la barba, que daba muestras de afeitarse en los días de solem- nidad, estaba compuesta de una treintena de pelos, situados a tiro de ballesta, y tan rígidos y blancos como menudos filamentos de vidrio…

¡Aquel hombre era el elemento musical de este templo…!

Su cuerpo… pero aquello no era cuerpo…

[…] Pero ya no existe, señores. Está allá, más arriba de toda esta maquinaria. Agitó las grandes alas de su capa y cruzó el espacio como un animal apocalíptico. Hoy la catedral está sorda: le falta su tímpano sonoro…

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—¡Compañeraaaa…! ¿Y esto qué es? Madre mía, no entiendo. ¿Algo como el Jorobado de Notre Damme?

—Pues algo así. He extraído algunos trozos del cuento para que veas la relación de Don Benito con la música. Este ser horrible, tal y como lo describe Don Benito así lo parece, era el palanqueroPalanquero Palanquero: Persona que apalanca. del órgano de la catedral. Y cuenta que, cuando él murió, la cate- dral se quedó sorda. Pero lo mejor es el final, que no te lo cuento para que tú lo leas. Y así te acercas más a Don Benito.

—¡Ah, no, mi niña! ¡Tú no me dejas con la intriga!

¡Venga, venga! DesembuchaDesembucha Desembuchar: Decir todo cuanto sabe y tenía callado. que hoy te vas a quedar vacía de palabras para un par de siglos por el esfuerzo que has hecho. ¡Ja, ja, ja!

—Pues cuentan… Mejor te lo leo:

Por las noches (esto no puede acabarse sin un epílogoEpílogo Epílogo: Parte final de un discurso. plástico terrorífico) a la hora en que (cómo decirlo…) a la hora en que los búhos… (así va bien) surgen con siniestro vuelo… (perfectamente) de entre las tumbas; a la hora en que reina el silencio en la catedral y las sombras envuelven el ancho recinto, se ve (el sacristán me lo ha dicho) vagar un fantasma por las capillas: se arrodilla, murmura una plegaria, una salmodia, un réquiem (¡qué miedo!). Después de recorrer toda la catedral sube al coro; se le ve empuñar la palanca del órgano; la mueve con afán, con ímpetu, con entusiasmo. De la voluminosa caja que el espectro anima, salen millares de sonidos; pero, señores,

no se asombren ustedes, son sonidos que no suenan, son espectros de sonido, música celestial, señores míos. Con ella he hecho este artículo que es… es espectro de un artículo.

—¡Qué pasada! ¡Me encantan las historias de miedo! ¡Y qué chachi cómo va escribiendo entre paréntesis lo que se le va pasando por la cabeza! ¡Es mi ídolo Don Benito! ¡La bombísima! ¿Te imaginas de noche en la catedral contando este cuento a los coleguitas? Se me pone la piel de gallina. A mí no me asusta porque yo no creo en los fantasmas ni en nada de esas cosas, pero a Inma, la del C, le darían los choques…

—¿Que no crees en los fantasmas, Irina? Yo creo que sí crees porque…

—¡Eh, no te equivoques! Yo no creo en fantas- mas. Que yo hable sola o que alguna vez haya tenido amigas imaginarias no significa que existan. ¿Tú te crees que yo estoy loca o algo así?

—No, muchacha. No lo creo. Lo que te quería decir es que todos creemos en los fantasmas. Es divertido creer. Pero de ahí a que existan…

—Bueno, venga, a ponerte manos a la obra con la parte de la tarea que te ha tocado —dijo Irina tratando de mantener la compostura—. Nos vemos en clase.

Manuela recogió sus cosas y se fue a casa a ponerse manos a la obra, como le dijo Irina. No, no estaba enfadada. Estaba feliz de poder colaborar en una tarea con alguien y ofrecer todo lo que llevaba dentro.

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Irina se quedó mirando cómo la larguirucha Manuela salía de la biblioteca, más grande que nunca. No, no se había equivocado al aceptar su ayuda. Mucho… ¡Manuela sabía muuucho de Don Benito! Pero… ¿se habría dado cuenta de la existencia de Gara? ¡Ay, mi madre…!

De pronto notó la presencia de la indígena y se agarró fuerte a la silla para evitar dar un chillido. Seguro que los latidos de su corazón sí que los sentían sus compañeros de mesa. ¡Vaya día de sobresaltos!

—Pero chica, ¿quién va a ser si no? Gara, cariño, tu amiga del pasado. ¿O podría haberte dado la sor- presa otro? ¿Tu chico tal vez?

—Venga, déjate de boberías y… ¡al turrón!

—¡Tú-rrón, mi-ron y la fiesta completa!

—Manuela se fue a trabajar su parte. No veas lo que sabe la chavala de Pérez Galdós… Pero me acaba de contar un cuento de fantasmas y… no sé por qué me da que sabe lo nuestro. Bueno, vamos allá con lo nuestro. ¡Vaya con lo nuestro…!

—Olvídate y no seas paranoica. Como te decía, la fiesta completa. Escucha si no:

Con la fiesta con que me honráis, quiero y debo ver, más que el aplauso de mis paisanos, y así lo declaro sin pararme a indagar el motivo de tan grandes honores, ni a discernir si me lo tributáis con justicia o sin ella.

Me basta ver y sentir este cariño, a él correspondo con mi gratitud, y quisiera que vuestros sentimientos y los míos, unidos en su solo haz, recayesen sobre nuestra tierra, para que a ella vuelva todo lo que de ella ha salido, y sea suyo todo lo que de derecho le pertenece.

—¿Eso lo dijo Galdós? ¿Y se refiere a nuestra tierra canaria?

—Pues sí, Irina. El 9 de diciembre de 1900, des- tacados canarios residentes en Madrid le hacen un homenaje a Don Benito. Entre ellos, Benítez de Lugo, Nicolás Estévanez, Luis Doreste Silva y muchos más. ¡Y quita esa cara bobalicona, que te leo el pensamiento! ¡Sí, nombres de calles todos ellos!

—¡Es que me acuerdo de Marco y…! ¡Ja, ja, ja, ja! Pues parece que habla con cariño y agradecimiento de sus paisanos.

—Pues eso. Y escucha este otro fragmento de una carta a su amigo León y Castillo… ¡Irina, no te sonrías…!

Madrid, 10 de febrero de 1914

Mi querido Fernando, aunque mi mala salud y la pérdida gradual de mi vista me piden descanso y alejamiento de la política, no he podido resistir al requerimiento cariñoso de nuestros paisanos, que me han hecho el honor de incluirme en la candida- tura por Las Palmas. Te agradezco vivamente tu intervención decisiva en este asunto, y ahora triun- fante mi candidatura, solo falta que mi endebleEndeble Endeble: Que es muy débil y tiene poca solidez, fuerza o resistencia. salud me permita atender cuidadosamente los intereses de nuestro querido pueblo. Ya sabes que está siempre a tus órdenes tu antiguo y constante amigo que te quiere de veras.

  1. Pérez Galdós

—Mucho cariño veo en esas palabras. Recordaba su tierra con mucho cariño. ¿No lo ves, Gara?

—Toda la razón, compañera. Algo se nos esconde o… nos han escondido. Sigamos.

Las muchachas estaban entusiasmadas. Cada vez conocían más acerca del escritor que las observaba desde las páginas que iban desgranando. Don Benito las miraba, distraído a veces, y otras con ojos escruta- dores mientras acariciaba a su perro.

—Mira, Gara. Cuando faltaban dos años para empezar el siglo XX…

—¿Y por qué paras? ¿Me pones a prueba? 1899, listilla.

—Bien, a la clase de números romanos sí fuiste…

—Y a la de lucha canaria también… ¡Vamos, continúa!

—Pues bien, la compañía de María Guerrero, que representaría una obra de Don Benito, vino a actuar a lo que hoy llamamos Teatro Pérez Galdós y este le dijo a la tal María, que fue muy amiga suya:

Ya verá usted, ya verá la gran María qué país tan bonito, qué gente tan buena y tan hospitalaria y qué público tan notable y entusiasta.