Pg. 33-41

Los meses fueron pasando y regresó la primavera. Para entonces, Simón y Simoneta ya eran una pareja de reptiles adultos que se preparaban para la reproducción. En junio, la joven hembra fue llevada a un terrario donde ella misma excavó un hueco en la tierra y puso cinco pequeñísimos huevos que llenaron de alegría a la pareja. Estaban tan deseosos de ver cómo sus retoños abrían el cascarón que cada día les parecía eterno. Y así transcurrieron sesenta jornadas de larga espera, hasta que, justo a mediados de agosto, las diminutas crías salieron de su encierro y Simón se convirtió en un feliz papá y Simoneta en una feliz mamá, orgullosos ambos de poder contribuir a que la especie no desapareciera. Todos lo celebraron, los reptiles y los humanos, porque las nuevas criaturas aumentaban el número de esta especie casi desaparecida.

Ahora Simón y Simoneta tenían que enseñar a su prole muchas cosas importantes en la vida de un reptil, como cazar insectos, y contarles historias de cuando ellos vivían libres y recorrían toda la Fuga de Gorreta buscando algo que comer.

De esta manera, el tiempo fue pasando y los pequeños iban creciendo. Cuando ya eran unos jovencitos, ocurrió algo muy extraño: los humanos que solían cuidarlos entraron en el terrario, los fueron sacando uno a uno para ponerles unos pequeños aparatitos alrededor del cuello. Simón recordó aquel día en que soltaron a su primo y a su amigo y pensó que, quizá, ahora ellos también harían ese viaje al lugar del mar en calma y las piedras escritas. No sabía qué iba a pasar, pero no le preocupaba porque fueran donde fueran, estaban todos juntos. Además de Simón y su familia, había otros catorce lagartos de camino hacia lo desconocido.

Pronto oyeron el rumor de las olas del mar y sintieron su vaivén. Simón creyó que estaba soñando cuando pudo ver que se acercaban a aquellos Roques que él solía contemplar desde el Risco, los Roques en los que habían vivido sus antepasados y que él deseaba tanto visitar. No podía creer que estuviera viéndolos de nuevo, y ahora ¡tan cerca! ¿Irían a dejarlos allí? Así fue.

Cuando los humanos lo soltaron sobre el Roque, Simón comprendió que era libre otra vez. Ahora, él y sus compañeros tenían que volver a preocuparse de buscar comida y tener cuidado con las aves, pero no les importaba porque había mucho sitio donde ocultarse, comida suficiente y estaban seguros de que hasta allí no podía llegar El Garras.

 

Desde su nuevo hogar, Simón podía observar, a lo lejos, los riscos del hermoso valle, la escarpada fuga donde tantas dificultades había tenido para sobrevivir, y también la extensa llanura donde vivían los humanos, sus mejores amigos. Gracias a ellos, ahora era libre y feliz.


¿Sabrías contestar a estas preguntas?


Las siguientes afirmaciones ¿son verdaderas o falsas?



 

Pg. 29 -33

Fueron pasando los días y Simón se sentía muy bien en su nuevo hogar. Ayudaba a Rubén a cazar insectos, que eran la comida favorita del perenquén. Y cuando subían por las rocas, Simón observaba los dedos de su amigo: parecía que tenían pegamento, nunca se caía. Simón intentaba imitarlo, pero sus dedos no tenían la magia de los de Rubén el perenquén. Un día cazaron muchos insectos y los llevaron como regalo a Elisa la lisa, que acababa de parir a sus crías: dos pequeñas lisas llegaban al mundo. A Simón le sorprendió que las lisas no pusieran huevos como los lagartos y los perenquenes.

Unos días después volvieron a llevar a Simón al laboratorio. Le parecía muy aburrido aquel cuarto con tanto frasco y tanto aparato extraño. ¿Para qué querría todas esas cosas aquel hombre de la bata blanca? Y siempre que lo llevaban allí era para lo mismo: otra vez a pesarlo, medirlo y analizar cada parte de su cuerpo, incluso anotaban su temperatura. Esto era lo más molesto en la nueva vida de Simón. Él quería estar tranquilo, tumbado en una roca, cogiendo el sol junto a Simoneta, pues ya eran inseparables; pero este era el precio que tenía que pagar por estar disfrutando de una vida sin animales salvajes y sin problemas para encontrar alimento.

Al principio, Simón no comprendía por qué los humanos anotaban tantos datos acerca de él y de sus compañeros; pero con el tiempo, al ver lo bien cuidados y protegidos que estaban, Simón entendió que querían ayudarlos, impedir que su especie se extinguiera. Desde entonces no le molestó tanto que lo pesaran y lo midieran. Incluso empezó a mirar con cariño a aquel hombre que lo atrapaba entre sus manos y lo observaba. Se dio cuenta de que el ser humano ya no era un enemigo, ahora se había convertido en ese aliado que tanto necesitaban.

Después de su visita al laboratorio, Simón volvió al terrario y notó que allí ya no estaban ni su primo, ni su amigo de la infancia. Buscó debajo de cada piedra, pero no pudo encontrar a ninguno. Nadie los había visto en todo el día. Simón empezaba a preocuparse por esta desaparición cuando, de repente, se abrió la puerta y alguien dejó sobre el jable a su viejo amigo, que venía emocionado y algo cansado. Simón se acercó a él para saber qué ocurría y entonces este le contó una increíble aventura:

—Esta mañana aparecieron los humanos y nos atraparon: a tu primo, a mí y a diez lagartos más. Creíamos que nos llevaban al laboratorio, como siempre, pero no. Fue un viaje mucho más largo. Un viaje al otro lado de la isla. A través de un monte, llegamos a una ladera que baja hasta un mar manso y callado. Recorrimos gran parte de aquella ladera hasta encontrar el lugar que los humanos buscaban. No te vas a creer las maravillas que había en aquel sitio. Vi un árbol muy raro, un árbol que se doblaba hacia el suelo y que, con el tronco inclinado, arrastraba sus ramas por la tierra. Vi también unas piedras enormes con unos garabatos dibujados. ¡De verdad! Parecía que alguien había escrito en ellas. Y había, además, un montón de conchas marinas. No sé quién pudo llevarlas hasta allí, pero estaban tiradas por todas partes. Es un lugar mágico, un lugar sagrado, donde ni siquiera los humanos pueden entrar sin permiso.

—Y entonces, ¿para qué los llevaron allí? —preguntó Simón.

—Para dejarnos en aquel lugar —contestó su amigo.

—¿En serio?

—Totalmente. Antes de soltarnos, nos pusieron unos extraños collares que no sé para qué servían. Debía de ser para algo importante, porque el mío se rompió y por eso no quisieron dejarme allí. Seguramente, cuando lo arreglen, me llevarán otra vez. Espero que sea pronto. Aquel lugar es perfecto. Al principio estábamos todos un poco asustados, después empezamos a recorrer el terreno y nos gustó volver a ser libres. Ese árbol tan extraño del que te hablé da unos pequeños frutos muy ricos, y hay tanto espacio y tanta paz allí que estoy deseando volver.

Al día siguiente, cuando vinieron por su amigo, ya todos sabían a dónde lo llevaban. Simón se despidió y le deseó suerte en su nueva vida en libertad. Se preguntaba si a él también lo llevarían algún día a ese lugar sagrado.


Pg. 25-27

Simón no entendía qué querían hacer con él, por qué lo miraban tanto. Después del minucioso análisis lo llevaron a otra sala. Cuando lo pusieron en el suelo, Simón creyó que era libre. Estaba sobre un terreno conocido, con piedras y plantas familiares, como las que acostumbraba a ver en el Risco. Corrió de un lado a otro inspeccionando cada rincón y cómo sería la cara de sorpresa de Simón cuando se encontró allí con viejos conocidos suyos que habían desaparecido hacía tiempo. Entre ellos, un primo hermano y un vecino con el que había jugado en la infancia. Sus familiares creían que habían muerto y ¡estaban aquí, vivitos y coleando! Simón se alegró de volver a verlos. Le contaron que habían sido capturados por los humanos, pero que no les habían hecho daño; al contrario, estaban bien alimentados y protegidos. Ninguno entendía por qué eran tratados con tanto mimo.

—Ya verás qué bien te lo vas a pasar. Aquí no hay gatos, ni aves, ni ratas. Tenemos mucha comida y los humanos son inofensivos. Yo he engordado desde que llegué.

Esto lo había dicho el lagarto más grande y más gordo de todos los que estaban en el lagartario. Tenía más de veinte años y medía sesenta y cinco centímetros. Simón no lo conocía porque el lagarto había sido capturado antes de que Simón naciera. Además de los grandes lagartos, había allí otro tipo de reptiles y todos se acercaban para presentarse y dar la bienvenida. Conoció a Rubén el perenquén, un animal de pequeño tamaño, con una ancha cola; y a Elisa, la lisa, que tiene una cabeza pequeña y parece una serpiente. Rubén no debería estar a estas horas paseando por el terrario, porque los perenquenes salen durante la noche, no durante el día; pero Rubén es un parrandero que no quiere perderse nada y, de vez en cuando, se escapa de día para enterarse de lo que ocurre en el lagartario. En cuanto supo que había un nuevo huésped, corrió para conocerlo. Sin embargo, Simón se fijó de manera muy especial en una joven hembra de lagarto que estaba en medio del terrario, escarbando en el jable. Tenía una hermosa piel de color grisáceo casi tan suave y brillante como la de las lisas y una bonita cola, aunque, por ser hembra, no podía ser tan grande como un macho. Simón se acercó para saber su nombre y los dos se rieron cuando ella dijo que se llamaba Simoneta. Esta coincidencia en los nombres, junto con otras, hizo que pronto se hicieran buenos amigos.


Pg. 20-23

Días después se produjo un gran cambio en la vida de Simón. A pesar del peligro, decidió bajar del Risco en busca de comida y de aventuras. Los lagartos suelen ser muy prudentes, pero Simón es joven y, a veces, le gusta vivir aventuras arriesgadas y olvidarse de los consejos de los mayores, así que decidió ir solo.

Era un largo camino hasta llegar al lugar donde él creía que podía encontrar alimento en abundancia. Un camino pedregoso, lleno de rocas que un volcán había escupido hacía ya mucho tiempo. Un camino difícil, pero lleno de encanto. Abajo, al final del sendero, se extendía una llanura amplia y verde, tan hermosa como peligrosa, porque en ese lugar vivían los humanos. Y hacia allí se dirigía Simón, hacia lo desconocido. En el camino, luchando por salir entre las piedras, fue encontrando algunos de sus manjares favoritos: hierbas de risco, sanjoras, cerrajones, tederas, y más abajo, llegando a la explanada, calcosas, tabaibas y verodes.

Hasta allí quería llegar Simón, más que por la necesidad de alimento, por la emoción del riesgo que corría; así que continuó andando a pesar de lo cansado que estaba.

Él no sabía que alguien lo acechaba sigilosamente. Alguien muy peligroso, alguien a quien Simón temía, su peor enemigo: ¡El Garras! El gato esperaba una buena oportunidad para atraparlo. Cuando estuvo lo bastante cerca, se abalanzó sobre él. Una de sus uñas arañó la espalda de Simón, que gritó de dolor y de miedo al ver al gato. Mientras intentaba huir de sus garras, cayó Risco abajo, como en su sueño; pero no fue a parar a las patas de un cuervo, sino a los pies de un humano, un ser enorme a los ojos de Simón. Ya no podía huir, estaba lleno de golpes por la caída y herido por El Garras, ya no tenía ánimo para correr. Vio cómo el gato se alejaba asustado por la aparición del hombre, pero esto no lo consoló, de todas maneras, ya estaba atrapado. Cuando aquella mano gigantesca lo agarró, sintió que era el final.

Los humanos nunca habían sido buenos con los lagartos, así que Simón se esperaba lo peor. Le daba miedo pensar lo que podrían hacer con él. Quizá se lo llevaran lejos y lo disecaran para ponerlo en un museo, como a su bisabuelo. Quizá los humanos comieran carne de lagarto y quisieran guisarlo para almorzar o, quizá, lo convirtieran en alimento para su gato. El pobre Simón temblaba solo de pensarlo. ¡Cómo se arrepentía de haberse alejado tanto! Ahora ya no tenía remedio. Una pareja de humanos se lo llevaba hacia algún lugar desconocido, lejos de su familia y de sus amigos. Seguramente ya nunca volvería a ser libre.

No tardó en llegar a su destino: una extraña sala donde, con mucho detenimiento, lo observaron desde la cabeza hasta la cola y curaron sus heridas.

—¿Cuánto mide? —preguntó la humana.

—Treinta centímetros.

—Es bastante para un lagarto joven.


Pg. 19-20

La mañana siguiente, Simón y unos compañeros, jóvenes y aventureros como él, salieron a dar un paseo y a buscar alimento. A ellos les gustan los insectos, pero prefieren las plantas, hojas y frutos. Por eso se arriesgaron a bajar hasta un cercado donde colgaban grandes racimos de jugosas uvas. Desde lejos habían olfateado la rica fruta madura y se daban prisa en subir por las parras para alcanzar las uvas, muy contentos por toda la comida que habían encontrado. Simón acababa de dar su primer mordisco cuando oyó un ruido que lo asustó. ¿Qué será? ¡Oh, no! Sobre una pared del fondo estaba subido un gran gato marrón con una mancha blanca en la frente. ¡Era El Garras! Los lagartos vieron cómo el gato los miraba y se relamía pensando en el banquete que se iba a dar con tres reptiles tan hermosos. Y sin perder más tiempo, dio un gran salto hacia ellos. Simón y sus compañeros se apresuraron para ponerse a salvo. Corrieron y corrieron intentando llegar a una pared de piedras donde podrían meterse y ocultarse de aquel gato enorme que venía disparado detrás de ellos.

Simón pudo entrar en uno de esos huecos entre las piedras de la pared. Se resguardó bien y apenas sacó la cabeza para mirar qué les ocurría a sus compañeros. Uno de ellos estaba ya a salvo, escondido entre los troncos de una oportuna calcosa, agotado por la carrera. El otro aún no había llegado, todavía corría para escapar del salvaje animal, que cada vez estaba más cerca. Simón cerró los ojos cuando vio que las garras del gato habían atrapado a su compañero. Cuando volvió a abrir los ojos, al ver la cola separada del resto del cuerpo, creyó que su amigo iba a ser devorado por el despiadado felino. La larga extremidad saltaba y se retorcía mientras el gato intentaba atraparla entre sus patas. Este simpático movimiento de la cola distrajo al agresor y el asustado reptil pudo huir y ponerse a salvo. Era la primera vez que Simón veía cómo un lagarto se desprendía de su cola, y creyó que una herida tan grave acabaría con la vida de su desafortunado compañero. Miró, asustado, todo su cuerpo para comprobar que no le faltaba nada. Allí estaban su cola y sus cuatro patas, cada una con sus cinco deditos ¡Qué alivio! Esta vez Simón aprendió que a un lagarto no le pasa nada por perder su cola, porque puede volver a crecerle.

Esa mañana, los tres reptiles tuvieron que esperar a que el gato se cansara de buscarlos y se fuera para poder regresar a sus casas. Con el susto que se llevaron, perdieron hasta las ganas de comer.


Pg. 17-18

Simón miró hacia el lejano Roque y pensó en lo bonito que sería vivir rodeado por las olas del mar. ¡Seguro que hasta allí no podía llegar El Garras! Quizá algún día debería hacer un viaje y visitar aquel solitario Roque.

Horas después terminó la reunión, de la cual todos salieron muy preocupados porque no encontraron una solución a su problema. Eran demasiados los enemigos y no tenían ningún aliado ¿Quién podría ayudarles? ¿Cómo luchar contra animales más grandes y más rápidos que ellos?

Simón estaba tan nervioso que esa noche le costó mucho dormirse, e incluso tuvo una terrible pesadilla: cuando intentaba huir de una horrible rata peluda, resbaló y, rodando, fue a parar a las patas de un cuervo que lo agarró con su pico y lo levantó por los aires. Justo cuando iba a ser tragado por el ave, Simón se despertó temblando de miedo. Se alegró de que solo fuera un sueño, pero ya no pudo volver a dormirse. Se quedó pensando en la manera de evitar tantos peligros. Él quería tener alguna buena idea, pero no se le ocurría nada para impedir que todos los lagartos desaparecieran.


Pg. 15-16

Pero no es El Garras la única amenaza para su supervivencia. Por esta razón, el lagarto más viejo de la población convocó una asamblea urgente de todos los lagartos de la isla para debatir acerca de los peligros que les rodeaban. A este anciano reptil, querido y admirado por todos, considerado valiente y sabio, le gustaba contar a los más jóvenes historias emocionantes de hacía mucho tiempo. Antes de comenzar la reunión, hizo un recuento de los asistentes. Al terminar, dijo con mucha tristeza:

—Cada vez somos menos. Si esto sigue así, dentro de poco desapareceremos. Ya no habrá lagartos gigantes en El Hierro. Tenemos que buscar una solución. Ustedes son los últimos, deben tener mucho cuidado y protegerse más que nunca de nuestros adversarios para no ser capturados. Ayer, un cuervo cazó a dos miembros de la comunidad y una rata parda devoró todos los huevos de una puesta. Además, apenas tenemos alimentos por culpa de ese rebaño de cabras que se come toda la hierba que nace. Por si todo esto fuera poco, están los humanos, son muy peligrosos. Les gusta atraparnos, disecarnos y ponernos en los museos para que la gente vaya a vernos. ¡Qué vergüenza! Por su culpa desaparecieron nuestros antepasados, los que vivían en aquel roque que ven en el mar, el Roque de Salmor. Acabaron con todos los lagartos que lo habitaban, y ahora quieren terminar con nosotros. Si no conseguimos ayuda pronto, seremos otra especie sin futuro.

Pg. 13-15

Simón, el lagarto gigante

El sol del mediodía calienta con toda su furia los riscos del hermoso valle: una escarpada fuga a poca distancia del mar, un lugar de difícil acceso, una peligrosa pendiente para el que no sea capaz de reptar; y allí, sobre una roca, a más de quinientos metros de altura, medio dormido, está Simón.

Simón es un joven lagarto que presume de ser un gigante. Procede de una familia de enormes reptiles que llegaron a medir un metro, aunque Simón no crecerá tanto. Es marrón, con manchas amarillas en los costados, y los iris de sus ojos son también amarillos como el oro. Suele ser obediente, pero a veces se olvida de ser prudente y busca riesgos innecesarios propios de su juventud; aunque ya es casi un adulto porque dentro de poco cumplirá tres años.

Vive en una pequeña isla, la más occidental de Las Afortunadas. Antes, cuando había muchos lagartos gigantes, tenían toda la isla para ellos, vivían tranquilos y felices, con abundante comida y extenso espacio para moverse. Pero ahora deben tener cuidado, hay demasiados enemigos alrededor. A Simón le contaron que a un bisabuelo suyo lo capturaron unos hombres y se lo llevaron fuera de la isla, metido en un frasco de cristal, flotando en un líquido, para ponerlo en un museo. Simón no quería que le ocurriera algo tan horrible, así que, cuando notaba que un ser humano se acercaba, corría para esconderse en una grieta o algún hueco en la tierra.

Hasta las once de la mañana no llega el sol a la Fuga donde él vive y solo entonces sale cuidadosamente de su escondite para calentarse al sol. Inspecciona el terreno y suele quedarse en los alrededores, sabe que es muy peligroso alejarse de su escondrijo: podría encontrarse con El Garras, un enorme gato que se alimenta de lagartos. Es el más feroz de los gatos salvajes de la isla, pocos han escapado de entre sus zarpas, por eso todos los reptiles temen enfrentarse a él.


Pg. 9-10

INTRODUCCIÓN

Es cierto, Simón ha tenido suerte: encontró a tiempo el aliado que necesitaba para poder sobrevivir; pero no siempre el ser humano ha sido tan consciente de los problemas de su entorno, problemas que él mismo ocasiona a otras especies con las que comparte el espacio. La necesidad de ser solidarios con esas otras criaturas para que no desaparezcan las distintas formas de vida que enriquecen el planeta es el mensaje de nuestro Simón. Este es el nombre familiar con que hemos bautizado al Gallotia Simonyi, que debe su denominación al geólogo y naturista austríaco Oscar Simony, el cual visitó El Hierro en 1889 y recogió abundante material sobre esta especie para los fondos del museo de Viena.

La historia aquí relatada no es ficción, es la lucha real de estos lagartos por la supervivencia, a la cual parecen haberse acercado desde que se creó el Centro de Reproducción de Frontera. El actual Lagartario, inaugurado en 1995, está destinado a la cría en cautividad, con dependencias abiertas al público y otras reservadas para cuidadores y estudiosos. Junto a estas, podemos encontrar también huertas donde se cultivan las plantas con las que se alimentan estos reptiles. Entre las favoritas de Simón, tenemos especies autóctonas, todas ellas mencionadas en el texto: sanjora, cerrajón, tedera, calcosa… También han formado parte de la dieta de Simón los pequeños frutos de la sabina, símbolo de la isla por la forma característica que en ella ha adoptado debido a la fuerza del viento.

El Hierro, la isla más joven del archipiélago, con sus paisajes singulares, ha sido escenario de las aventuras de nuestro protagonista: El Julan (desierto pedregoso bañado por el Mar de las Calmas. Habitado en el pasado por los indígenas herreños), los Roques de Salmor (dos islotes o roques donde habitó una especie ya desaparecida de lagartos. Hoy suponen la mejor opción para Simón, el lugar idóneo para su supervivencia) y la impresionante Fuga de Gorreta, en el Risco de Tibataje, un acantilado prácticamente vertical donde se descubrió la pervivencia de esta especie cuando ya se consideraba extinguida.

María Elvira Febles


Prólogo

Simón, un lagarto gigante de la isla de El Hierro, es el protagonista de una historia real que nos relata los problemas de conservación de una especie de saurio única en el mundo, reliquia de tiempos pretéritos, y los esfuerzos desarrollados para evitar su extinción.

De forma exquisita, la autora del libro nos descubre paso a paso la biología, la historia, los depredadores, la alimentación, el descubrimiento, la reintroducción y otros aspectos significativos acerca de la vida de Simón y sus compañeros.

Concisión en el texto, intriga en el relato y dibujos muy acertados con todo lujo de detalles ayudan enormemente a su lectura. Varias actividades al final del libro permiten a los lectores reforzar los conocimientos adquiridos con un vocabulario simplificado, por lo que el libro constituye, además, una herramienta útil para la conservación de la especie.

De nosotros depende su pervivencia y de ahí el énfasis de la autora por ahondar en el conocimiento del saurio, detallando uno a uno y de forma pormenorizada los factores que condujeron a la cuasiextinción de este reptil.

Ahora que Simón disfruta de una idónea estancia en el Roque chico de Salmor, donde antaño habitaron sus bisabuelos, podemos empezar a reflexionar sobre nuestro medio natural y los problemas que acechan a otras especies de flora y fauna que nos rodean.

Simón ha tenido mucha suerte. Ojalá podamos decir lo mismo de otras muchas especies.

Miguel Ángel Rodríguez Domínguez

Director Técnico del Centro de Reproducción
e Investigación del Lagarto Gigante de El Hierro