ALONSILLO

Ajeno a las desavenencias humanas, el sol continuaba su ascensión imperturbable en un cielo que solo se limpiaba de humo con la altura. Después de dos horas de intenso cañoneo por ambos lados, el olor de la pólvora y la humareda de dos galeonesGaleones Un galeón es una embarcación a vela utilizada desde principios del siglo XVI. Los galeones eran barcos de destrucción poderosos y muy lentos que podían ser igualmente usados para el comercio o la guerra. en fuego que traía la brisa del noreste sofocaban la respiración de los defensores en la playa.

Pero nada parecía frenar la constante tarea de Alonsillo, quien, infatigable, ya llevaba más de una hora recorriendo las líneas del frente en labores de abastecimiento. De la brida tenía que ir tironeando a una mula asustada por los continuos estampidos que cargaba los víveres y el agua para la tropa. Y, por encomienda del señor deánDeán Canónigo que preside el cabildo de la catedral., traía como ayudante a Pedro Motión, criado del señor obispo y hombre bonachón y corpulento, pero que a duras penas podía llegar a la zaga de Alonsillo y de la mula. De tal modo que, en la mayor parte de las ocasiones, ya Alonsillo había hecho el reparto de bizcocho y agua en una posición cuando llegaba el pobre de Pedro Motión más muerto que vivo. Por fortuna, en esta última posición, en el istmo de Guanarteme, se habían encontrado con el señor deán, Francisco Mejía, que pidió a Pedro Motión que lo auxiliase en labores espirituales. Tenían que administrar los últimos sacramentos a los primeros entre los milicianos canarios muertos. Una certera bala de cañón había caído en unos médanosMédano Montón de arena casi a flor de agua, en un paraje en que el mar tiene poco fondo. tras los que se escondían dos arcabuceros de la compañía del señor Ruiz de Alarcón y los había matado de forma instantánea. Aunque la muerte había desaparecido de la mente de Alonsillo, tras los primeros momentos de la batalla, aquella visión de un amasijo de extremidades en raras contorsiones que asomaba bajo una sábana ensangrentada y al que don Francisco Mejía con la ayuda de Pedro Motión oficiaba la extremaunción le provocó una gran conmoción.

Tal vez para huir del miedo que le empezaba a puntear el ánimo, tiró de la mula y salió de nuevo de la posición para volver a las trincheras de Santa Catalina. En ese momento se dio cuenta de que algo había cambiado en el mar. Hasta ahora amparadas por los poderosos cascos de los buques, cientos de barcas cargadas con más de cuarenta hombres armados cada una se separaron en compactos grupos y se esparcieron como una gran mancha que se extendía rápidamente por la superficie del mar.

Con la boca seca y sin poder moverse del miedo, Alonsillo solo pudo asistir como espectador a lo que ocurrió a continuación. Con un griterío infernal proveniente de las tripulaciones, una importante masa de las barcas se dirigió a gran velocidad hacia la caleta de Santa Catalina a la vez que disparaban los pequeños cañones, esmeriles, que muchas llevaban en la proa contra las posiciones defensivas de los milicianos.

De entre estos salieron al borde de la playa varias formaciones de arcabuceros que montaron sus arcabuces sobre las horquillas y aguardaron la orden de disparo. Y cuando las primeras barcas, sin cesar en su ímpetu de movimiento y en sus gritos, estuvieron a unos cincuenta metros de la línea de playa, dispararon a la vez los escuadrones de arcabuceros y el sacre que apuntaba desde la punta de Santa Catalina. Como de un aguacero que cayera entre la formación de barcas, el agua pareció hervir alrededor de los navíos, frenando su hasta entonces rectilíneo movimiento, mientras una invisible lluvia proveniente de las bolsas llenas de pequeñas balas de plomo que disparaba el sacre en tiros rasantes caía del cielo. Las voces de ánimo y osadía se trastocaron por gritos de dolor y frustración. Muchos hombres quedaban muertos dentro de las propias barcas o caían heridos por la borda y morían ahogados a falta de auxilio de sus compañeros, que, acosados por las continuas descargas de los arcabuces y los disparos del sacre, intentaban maniobrar para retroceder en orden.

Cuando se hizo evidente que el grupo de barcas que había iniciado el ataque remaba de vuelta para unirse al resto de la flotilla junto a los galeones, se levantó un clamor entusiasta en las filas canarias que recorrió en oleadas todas las líneas desde el pie del castillo de Santa Ana adentrado en el agua hasta la fortaleza de La Luz. También contagió a Alonsillo, que, a gritos desaforados que espantaron a la mula, echó todo su miedo por la boca hasta desgañitarse. Con el corazón henchido de entusiasmo y siempre tirando de la mula, corrió para llegar a las trincheras de Santa Catalina y abrazar a los héroes. Pero no tardó la inquietud en volver a abrirse un hueco en su ánimo, en plena carrera y mientras miraba de reojo, pudo observar cómo de la flotilla de barcas volvía a salir otro grupo compacto, en este caso, en dirección al embarcadero de La Luz. Ya hacía tiempo que la fortaleza apenas disparaba a la flota de galeones y ese extraño silencio podría haber alentado este nuevo intento de desembarco por ese lugar.

Para incrementar esos sombríos pensamientos de Alonsillo, al poco se cruzó con el gobernador, don Alonso Alvarado, y su lugarteniente, don Antonio Pamochamoso, quienes iban en dirección al embarcadero a galope tendido y seguidos de otros caballeros. No tardaron en seguirlos dos carretas con varias piezas de artillería trasladadas de otros lugares más al sur.

Ya en las inmediaciones de la ermita de Santa Catalina, Alonsillo escuchó los griteríos lejanos y el ruido de los disparos. Con el corazón en un puño, aguardó unos minutos que le parecieron eternos hasta que en el mar divisó otra vez una imagen repetida y que le levantaba el espíritu. La misma punta de lanza de barcas que había visto retroceder en el intento de desembarco por la caleta de Santa Catalina volvía a su formación inicial al amparo de los galeones y no tardó en llegar a sus oídos el júbilo de los vencedores, que, como un eco, repitieron los que estaban en la ermita de Santa Catalina.

Volvía Alonsillo a cargar a la mula de fruta y agua fresca de los improvisados almacenes de víveres en aquel lugar cuando llegaron a la misma ermita dos carretas trayendo nuevos muertos milicianos. Un canónigoCanónigo Eclesiástico que tiene una canonjía del Cabildo Catedralicio venía al frente musitando oraciones del breviario. Era un amargo espectáculo observar más de diez cuerpos cristianos que ya no volverían a ver la luz de estas playas que habían defendido con su sangre. Pero nada comparado con el incontable número de muertos de herejesHerejes Persona que niega alguno de los dogmas establecidos en una religión. que flotaban en las aguas bajas de la caleta de Santa Catalina y que el mar iba sacando a la orilla haciéndolos rodar por la arena con el flujo y reflujo de la marea. Tal vez fuera esta una imagen que enviaba Nuestro Señor para ejemplificar el eterno destino de las almas impías.

En estos pensamientos se ocupaba Alonsillo cuando los gritos de alarma y el redoble de tambores de las compañías que estaban en las posiciones intermedias entre la caleta de Santa Catalina y el istmo de Guanarteme avisaron de una nueva amenaza.

Eran aquellas las compañías de La Vega, Teror y Arucas, y la nueva línea de costa amenazada por la flotilla de barcas era una zona entre el embarcadero y la punta de Santa Catalina, un lugar de bajíos de muy difícil desembarco. Con gestos perentorios, el gobernador y su lugarteniente solicitaban apoyo a todos los que estaban en las inmediaciones de la ermita de Santa Catalina.

No lo dudó Alonsillo y, dejando la mula, salió corriendo, mezclándose al poco entre los milicianos de la compañía de La Vega. En su arrebato no cayó en la cuenta de que no llevaba arma alguna y de que había dejado el morrión que le protegía la cabeza en alguno de los lugares de aprovisionamiento. ¿Valentía o temeridad? Cuando se era joven como lo era Alonsillo, ambas cosas solían confundirse. Cuando llegó a la zona de la costa, Alonsillo vio un espectáculo sobrecogedor. Con el agua en la cintura, canarios y holandeses intercambiaban arcabuzazos a quemarropa y trataban de herirse mutuamente con lanzas y espadas. Diez enormes lanchones planos ya habían encallado en la orilla y otros tantos llegaban a la zaga. El fulgor en las corazas y en las puntas de las lanzas les daba el aspecto de criaturas antediluvianas que emergían del océano. Pero no se arredró Alonsillo y, sin parar su carrera, continuó entre los milicianos que gritaban desaforadamente acercándose al enemigo. A su lado y armado con una enorme pica, vio pasar al capitán de la compañía de La Vega, el capitán Cipriano de Torres, quien, sin dudarlo y metiéndose en el agua, acometió a una lancha que estaba a punto de encallar. Las insignias grandes y naranjas indicaban que traía a oficiales de alto rango.

El capitán atacó al de mayor porte y mejor armado con tal impulso que si no consiguió hincarle la lanza en el cuello fue porque el holandés colocó los guanteletes ante la punta de acero y desvió el golpe a la coraza que le cubría el pecho. Tendido sobre la lancha, cuando el capitán Cipriano de Torres quiso darle el golpe de gracia, recibió hasta cinco tiros de arcabuz en el pecho, en la cara y en el muslo derecho. Tal vez murió sabiendo que había estado a punto de matar con su lanza al mismísimo almirante de la escuadraEscuadra Un escuadrón naval o escuadra naval es una unidad militar compuesta por tres o cuatro grandes buques de guerra, naves de transporte, submarinos, o a veces pequeñas embarcaciones que pueden ser parte de una mayor fuerza de tareas o flota. holandesa.

Viendo cómo el capitán se hundía lentamente en el agua sin soltar la pica, Alonsillo no dudó en entrar al agua y coger de los sobacos el cuerpo ya inerte de Cipriano de Torres. Se supo amenazado por los dos flancos, pero solo tenía en el pensamiento rescatar del agua aquel cuerpo probablemente ya muerto. Un arcabucero de una lancha que llegaba por su izquierda cargaba su arma sin quitarle el ojo y, asomando entre el resto de hombres que seguían atendiendo al almirante herido, un enorme mosqueteroMosquetero Un mosquetero era un soldado de infantería armado con mosquete que apareció en el siglo XVI y combatió en los ejércitos europeos por dos siglos, siendo sustituidos en el siglo XVIII por soldados armados con fusiles de avancarga. le apuntaba directamente a la cara a menos de dos metros de distancia. Alonsillo lloraba, no sabía si por la impotencia de alzar el cadáver del capitán o porque se había dado cuenta de que estaba a punto de morir de un disparo. Sin soltar el cuerpo exánimeExánime Exánime: Que está sin vida o no da señales de vida. del miliciano, entre las lágrimas, miró con rabia la muerte que le mostraba el mosquetero holandés. Era un rostro fiero de un mirar tan intenso, tan azul dentro del cerco negro con el que se pintaba los ojos, como el que debía de mostrar la faz de una criatura del demonio. Alonsillo no le quitaba los ojos y, cuando vio que se prendía la mecha del mosquete, se encomendó a Dios Todopoderoso.

No tuvo tiempo para ningún otro pensamiento, ni siquiera para comprender por qué en el último instante el cañón del arma se desvió ostensiblemente a la derecha y la bala hizo desaparecer la cara del arcabucero, que ya se disponía también a dispararle casi a quemarropa. Un sollozo desconsolado sacudió el cuerpo enclenqueEnclenque Débil, enfermizo de Alonsillo al tiempo que el peso del capitán Cipriano de Torres lo arrastraba irremisiblemente bajo el agua. Un instante antes de sumergirse pudo ver claramente cómo el mosquetero, al tiempo que gritaba enérgicas órdenes a los demás tripulantes de la barca para alejarla de la orilla con el almirante herido, lo miraba de nuevo fijamente a la cara. Pudo ver cómo el sol del mediodía hizo nacer un fugaz reflejo asomando bajo el casco. Le pareció una pequeña cruz de plata que le colgaba de la oreja izquierda.

El tiempo que Alonsillo permaneció bajo el agua nunca lo supo. Sí creyó que, como ocurre con los muertos, fue una eternidad. Por eso tuvo mucho tiempo, en la calma y el silencio submarinos, para recordar la cara del mosquetero y descifrar el misterio por el que un hereje le había salvado la vida.

Como de una conversión religiosa, su visión de los herejes ya no sería la misma. También tuvo tiempo para visitar a los habitantes de aquel Hades marino. La mayor parte eran muertos holandeses que alfombraban los bajíos y arrecifes con la cara encenegada y sin posibilidad de mirar la luz de la salvación. Pero otra buena parte se mezclaba con decenas de muertos cristianos que flotaban plácidamente entre dos aguas mirando al cielo.

Entre los últimos muertos, llegando con retraso, distinguió la cara asombrada y bonachona de Pedro Motión. Tenía un gran agujero en el centro del pecho por el que entraban y salían peces de colores. En la retirada precipitada, unos milicianos de la compañía de La Vega rescataron de las aguas a Juan Alonso, Alonsillo.