LA CRUZ DEL INGLÉS

Aquel día del 3 de julio de 1599 se escribió una de las páginas más memorables de la historia insular. Utilizando las mejores tácticas de la guerra de guerrillas, y aprovechándose de los elementos y el conocimiento del lugar del Monte Lentiscal, unos trescientos milicianos pusieron en fuga al núcleo más importante del ejército de la escuadraEscuadra Un escuadrón naval o escuadra naval es una unidad militar compuesta por tres o cuatro grandes buques de guerra, naves de transporte, submarinos, o a veces pequeñas embarcaciones que pueden ser parte de una mayor fuerza de tareas o flota. holandesa dando muerte a muchos hombres.
Tal fue la desordenada retirada y tan descalabrada quedó la moral de su ejército, que el almirante Pieter van der Does, para evitar males mayores, decidió esa misma noche embarcar su ejército de nuevo en los galeonesGaleones Un galeón es una embarcación a vela utilizada desde principios del siglo XVI. Los galeones eran barcos de destrucción poderosos y muy lentos que podían ser igualmente usados para el comercio o la guerra.. Dicen las crónicas que el almirante mostró mucha pesadumbre al saber de la muerte del capitán Dum.
Tal vez para aligerar tanta frustración, antes de embarcar, despojó el templo catedralicio, robó las campanas y el reloj de la fachada, se llevó los archivos de la Audiencia y destruyó con fuego edificios emblemáticos de la ciudad, como el Palacio Episcopal, la Audiencia, las Casas Consistoriales y la de la Inquisición, los conventos de Santo Domingo, San Francisco y el de las monjas de San Bernardo; la ermita de San Telmo, dentro de la muralla, y fuera de ella, las ermitas del Espíritu Santo. San Sebastián, Santa Catalina y Nuestra Señora de La Luz, y también destruyó con fuego el hospital de San Lázaro. La flota holandesa desapareció de las aguas grancanarias el 9 de julio.
Miles de muertos dejaron los holandeses en esta isla: centenares en los caminos cercanos a la ciudad, otros tantos en los arenales que cubrían el terreno desde las murallas del norte y el istmo de Guanarteme, y otros tantos que durante mucho tiempo el mar fue devolviendo a las playas.
A todos se les enterró en tierra no sagrada, boca abajo y con la cabeza en dirección contraria a los lugares santos para que no pudieran gozar de la esperanza de la salvación.
En el lugar donde sucumbieron y se les dio tierra a los diez mosqueterosMosquetero Un mosquetero era un soldado de infantería armado con mosquete que apareció en el siglo XVI y combatió en los ejércitos europeos por dos siglos, siendo sustituidos en el siglo XVIII por soldados armados con fusiles de avancarga. y al capitán Cornelis Dum, una mano anónima erigió una tosca cruz de madera de acebucheAcebuches Acebuche: Un acebuche es un olivo silvestre. Su nombre científico es Olea Europaea var. sylvestris, es por tanto la misma especie del olivo, pero salvaje.. Como el hecho se consideró un acto de impiedad, la cruz se quitó a los pocos días.
Pero reapareció al caboCabo Un Cabo es cualquiera de las cuerdas que se emplean a bordo de un barco y que, según su grueso, consta de dos, tres o cuatro cordones. de unas semanas. Con el tiempo, la gente se acostumbró a ella y acabaron asociándola con la conmemoración de la victoria.
Probablemente, como la mayoría de los piratas y corsarios anteriores fueron ingleses, a este lugar se le conoce como la Cruz del Inglés.




FICHA DE LECTURA

LA VICTORIA

La noche anterior había cambiado la dirección de los vientos y el habitual alisio del noreste fue sustituido por un viento del este que trajo a las islas la temida calima. Un amanecer rojizo y una atmósfera densa y oscura se derramaron por igual sobre canarios y holandeses, incrementando la sensación de agobio y sequedadSequedad Sequedad: Falta de líquido o de humedad. a medida que el sol, una bola roja, ascendía en el cielo turbio. Habituados a estos episodios del clima, los isleños pronto supieron adaptarse a la inclemencia e incluso buscarle ventajas. No así aquellos oriundos de climas más frescos y septentrionalesSeptentrionales Septentrionales: Del norte o relacionado con él., que viendo aquel firmamento imaginaron el cielo de una maldición divina y bíblica. No todos; al contrario de sus compañeros, al capitán Cornelis Dum le pareció una señal favorable, un buen presagio de lo que le iba a depararle la jornada. Por eso, si la mayor parte de los cuatro mil combatientes, después de una hora de larga caminata en el momento del mayor calor del día, se mostraban literalmente aplastados por los coseletes, morriones, picas y arcabuces que llevaban como cruces a cuestas, el capitán Dum, doscientos metros por delante, parecía arrastrar él mismo a sus diez mosqueterosMosquetero Un mosquetero era un soldado de infantería armado con mosquete que apareció en el siglo XVI y combatió en los ejércitos europeos por dos siglos, siendo sustituidos en el siglo XVIII por soldados armados con fusiles de avancarga. con un vigor que a todos sorprendía.
Tal vez fuera el único en todo el contingente que no se mostraba preocupado al darse cuenta de que casi habían consumido toda el agua que traían y de que las acequias que se encontraban en el camino estaban cegadas o traían agua envenenada con grano podrido. Porque, en realidad, la sed que sentía el capitán Dum era una sed que no podía saciarse con un agua cualquiera, sino con la que manaba de un lugar muy particular, de un lugar que él solo podría identificar. De ahí que, acabada la cuesta de Tafira y a la vista de la espesa fronda del monte Lentiscal, el capitán literalmente corriese.
Pensando en que hubiese avizoradoAvizorado Avizor: Observar con mucha cautela y atención. un grupo de milicianos, sus subordinados, prestos los mosquetes, sacaron fuerzas de flaqueza y lograron alcanzarlo cuando ya el capitán se internaba en la arboleda sin una duda. Siempre habían confiado en su capitán, nunca les había fallado en la correcta estrategia de una batalla y por eso lo siguieron con absoluta fe.
El bosque era muy frondoso y los altos lentiscosLentiscos Lentisco: Arbusto de corteza parda y escamosa, ramas erectas, hojas perennes y alternas, flores muy pequeñas de color amarillento a rojo oscuro y fruto en drupa esférica primero roja y luego negra; puede alcanzar hasta 3 m de altura., mocanesMocanes Mocán: Árbol con forma arbustiva de hasta 15 m de altura, de hojas pequeñas, verdes con los bordes aserrados. y acebuchesAcebuches Acebuche: Un acebuche es un olivo silvestre. Su nombre científico es Olea Europaea var. sylvestris, es por tanto la misma especie del olivo, pero salvaje. generaban en su senoSeno Seno: Concavidad o hueco una atmósfera de frescor indecible. Seguido a corta distancia por sus mosqueteros, Cornelis seguía deprisa apartando ramas y arbustos, como si supiese con certeza dónde encaminarse entre aquella marañaMaraña Maraña: Conjunto de hilos, pelos o cosas semejantes que están enredados y entrecruzados de manera que no se pueden separar. vegetal. Hasta que llegó a un pequeño claro y se paró repentinamente. Una vena de agua clara manaba junto a un mocánMocanes Mocán: Árbol con forma arbustiva de hasta 15 m de altura, de hojas pequeñas, verdes con los bordes aserrados.. El capitán se arrodilló junto al manantial, tomó un sorbo de agua y su cara se iluminó. Entonces, para sus subordinados pareció volverse loco. Abandonó el mosquete, se quitó el morrión y el coselete y con una expresión de alegría que sus hombres nunca le habían visto les dijo que bebieran con él:
—¡Bebed! ¡Bebed! —les decía—. ¿No veis que sabe a especias? ¿No lo veis?
Y los conminó a que también ellos se quitaran la armadura y siguieran bebiendo de aquella agua:
—¡Bebed! ¡Bebed y seréis otra vez jóvenes! —repetía sin cesar.
La energía y el don de mando de Cornelis eran extraordinarios. Tal vez por eso, y aunque pudiera parecer insensato, todos sus hombres acabaron despojándoseDespojándose Despojo: Despojo es privar por voluntad propia a alguien de algo que se tenía a través del engaño o la violencia física o moral. de sus armas y armaduras y se agacharon junto a él bebiendo arrodillados de aquella agua. No demasiado tiempo porque con un súbito ruido de ramajesRamajes Ramaje: Conjunto de ramas de árboles y plantas. en el cerco de aquel claro un pequeño contingente de milicianos se abalanzó al unísonoUnísono Unísono: Al mismo tiempo. sobre el grupo inermeInerme Inerme: Que está desprovisto de armas para defenderse. de holandeses. La mayoría de ellos murieron desnucados de certeros golpes de palo; otros, acuchillados y el capitán Cornelis Dum, de un lanzazo en el pecho. Se había erguido al escuchar el ruido de ramas y recibió la lanza en el esternón. Al otro lado del asta de la lanza vio el rostro del joven miliciano que había salvado en la playa.
Alonsillo no salía de su estupor no solo al darse cuenta de que había matado a un hombre, sino reconociendo aquel rostro, la barba tupida y rubia, el cerco ennegrecido de los ojos, el azul de la mirada y la cruz de plata con esmeraldas en la oreja izquierda. Vio cómo el hombre levantó una mano y casi como una caricia quiso posarla en su cara. El trozo de asta de la lanza lo impidió, así que Alonsillo, desolado y con lágrimas en los ojos, cogió con su mano la mano moribunda. Le pareció que el mosqueteroMosquetero Un mosquetero era un soldado de infantería armado con mosquete que apareció en el siglo XVI y combatió en los ejércitos europeos por dos siglos, siendo sustituidos en el siglo XVIII por soldados armados con fusiles de avancarga. musitabaMusitaba Musitar: Hablar en voz baja, susurrar una palabra extraña, Polombé, y después expiró. El capitán Cornelis murió con una sonrisa. Solo en el último momento comprendió que en aquel joven isleño se cumplía la profecía del libro; en él podría amar y vivir todo lo que nunca pudo amar y vivir en la vida de Cornelis Dum. En ese pensamiento dio su alma serenamente.


EL DESEMBARCO

Después de dos horas de intenso cañoneo por ambos lados, el olor de la pólvora y la humareda de dos galeonesGaleones Un galeón es una embarcación a vela utilizada desde principios del siglo XVI. Los galeones eran barcos de destrucción poderosos y muy lentos que podían ser igualmente usados para el comercio o la guerra. en fuego que trae la brisa del noreste sofocan las respiraciones de los defensores en la playa.
Pero nada parece frenar la constante tarea de Alonsillo que lleva ya más de una hora recorriendo las líneas del frente en labores de abastecimiento. Además, tiene que ir tironeando de una mula asustada por los continuos estampidos y que carga con los víveres y el agua para la tropa.
Tal vez para huir del miedo, tiró de la mula y salió de nuevo de la posición para volver a las trincheras de Santa Catalina. En ese momento se dio cuenta de que algo había cambiado en el mar: cientos de barcas cargadas con más de cuarenta hombres armados cada una se separaron en compactos grupos y se esparcieron como una gran mancha que se extendía rápidamente por la superficie del mar.
Con la boca seca y sin poder moverse del miedo, Alonsillo sólo pudo asistir como espectador a lo que ocurrió a continuación. Y esto fue que, con un griterío infernal proveniente de las tripulaciones, la mayoría de las barcas se dirigieron a gran velocidad hacia la caleta de Santa Catalina; a la vez, disparaban los pequeños cañones que llevaban en la proa contra las posiciones defensivas de los milicianos.
Desde las filas de los canarios salieron al borde de la playa varias formaciones de soldados, que montaron sus arcabuces sobre las horquillas y aguardaron la orden de disparo. Y cuando las primeras barcas estuvieron a unos cincuenta metros de la línea de playa, dispararon a la vez los escuadrones de arcabuceros y el sacre que apuntaba desde la punta de Santa Catalina.
Como un aguacero que cayera entre la formación de barcas, el agua pareció hervir alrededor de los navíos, mientras una invisible lluvia proveniente de las bolsas llenas de pequeñas balas de plomo caía del cielo entre las tripulaciones. Muchos hombres quedaban muertos dentro de las propias barcas o caían heridos por las bordas y morían ahogados a falta de auxilio de sus compañeros.
Por eso, cuando el grupo de barcas que había iniciado el ataque remaba de vuelta para unirse al resto de la flotilla junto a los galeones, se levantó un clamor entusiasta en las filas canarias. Tal estruendo recorrió todas las líneas desde el pie del castillo de Santa Ana hasta la fortaleza de La Luz.
El entusiasmo también contagió a Alonsillo, que, a gritos desaforados que espantaron a la mula, echó todo su miedo por la boca hasta desgañitarse. Con el corazón henchido de entusiasmo y siempre tirando de la mula, corrió para llegar a las trincheras de Santa Catalina para abrazar a los héroes.
Pero no tardó la inquietud en volverse a buscar lugar en su ánimo; en plena carrera, y mientras miraba de reojo, pudo observar cómo de la flotilla de barcas volvía a salir otro grupo compacto, en este caso en dirección al embarcadero de La Luz.
Ya llevaba tiempo que la fortaleza apenas disparaba a la flota de galeones, y ese extraño silencio podría haber alentado este nuevo intento de desembarco por ese lugar. Para incrementar esos sombríos pensamientos de Alonsillo, al poco se cruzó con el gobernador don Alonso Alvarado y su lugarteniente don Antonio Pamochamoso. A galope tendido y seguidos de otros caballeros, se dirigían en dirección al embarcadero.
La misma punta de lanza de barcas que había visto retroceder en el intento de desembarco por la caleta de Santa Catalina volvía a su formación inicial al amparo de los galeones. Como confirmación, no tardó en llegar a sus oídos el júbilo de los vencedores, que, como un eco, repitieron los que estaban en la ermita de Santa Catalina.
A los improvisados almacenes de víveres de aquel lugar volvía Alonsillo para cargar la mula de fruta y agua fresca, cuando a la misma ermita llegaron dos carretas trayendo nuevos muertos milicianos. Era un amargo espectáculo observar más de diez cuerpos cristianos que ya no volverían a ver la luz de estas playas que habían defendido con u sangre.
En estos pensamientos se andaba Alonsillo cuando los gritos de alarma y el redoble de tambores de las compañías que estaban en las posiciones intermedias entre la caleta de Santa Catalina y el istmo de Guanarteme avisaron de una nueva amenaza. Eran aquellas las compañías de La Vega, Teror y Arucas, y la nueva línea de costa amenazada por la flotilla de barcas era una zona entre el embarcadero y la punta de Santa Catalina, un lugar de bajíos de muy difícil desembarco.
Con gestos precisos, el gobernador y su lugarteniente solicitaban apoyo a todos los que estaban en las inmediaciones de la ermita de Santa Catalina. No lo dudó Alonsillo y dejando la mula, salió corriendo y se mezcló al poco con los milicianos de la compañía de La Vega.
En su arrebato no cayó en la cuenta de que no llevaba arma alguna, y de que el morrión holgado que le protegía la cabeza lo había dejado en alguno de los lugares de aprovisionamiento. ¿Valentía o temeridad? Cuando se es joven como lo era Alonsillo ambas cosas suelen confundirse.
Cuando llegó a la zona de la costa, Alonsillo vio un espectáculo sobrecogedor. Con el agua en la cintura, canarios y holandeses intercambiaban arcabuzazos a quemarropa y trataban de herirse mutuamente con lanzas y espadas. Diez enormes lanchones planos ya habían encallado en la orilla y otros tantos llegaban a la zaga. Pero no se arredró Alonsillo y, sin parar su carrera, continuó entre los milicianos que gritaban desaforadamente acercándose al enemigo.
A su lado y armado con una enorme pica, ve sobrepasarle al capitán de la compañía de La Vega, el capitán Cipriano de Torres, quien, sin dudarlo, metiéndose en el agua, acomete una lancha que está a punto de encallar. Las insignias grandes y naranjas indican que viene ocupada por oficiales de alto rango.
Al de mayor porte y mejor armado ataca el capitán con tal impulso que si no consigue hincarle la lanza en el cuello es porque el holandés coloca los guanteletes ante la punta de acero y desvía el golpe a la coraza que le cubre el pecho. Cuando el capitán Cipriano de Torres quiso darle el golpe de gracia, recibe hasta cinco tiros de arcabuz. Tal vez murió sabiendo que estuvo a punto de matar con su lanza al mismísimo almirante de la escuadraEscuadra Un escuadrón naval o escuadra naval es una unidad militar compuesta por tres o cuatro grandes buques de guerra, naves de transporte, submarinos, o a veces pequeñas embarcaciones que pueden ser parte de una mayor fuerza de tareas o flota. holandesa.
Viendo cómo el capitán se hundía lentamente en el mar sin soltar la pica , Alonsillo no duda en entrar al agua y coger de los sobacos el cuerpo de Cipriano de Torres. Se sabe amenazado por los dos flancos, pero solo tiene en el pensamiento rescatar del agua aquel cuerpo probablemente ya
En ese preciso instante, un arcabucero de una lancha que llega por su izquierda carga su arma sin quitarle el ojo. Asomando por entre el resto de hombres que siguen atendiendo al almirante herido, un enorme mosqueteroMosquetero Un mosquetero era un soldado de infantería armado con mosquete que apareció en el siglo XVI y combatió en los ejércitos europeos por dos siglos, siendo sustituidos en el siglo XVIII por soldados armados con fusiles de avancarga. le apunta directamente a la cara a menos de dos metros de distancia. Alonsillo llora, no sabe si por la impotencia de alzar el cadáver del capitán o porque se da cuenta de que está a punto de morir de un disparo.
Sin soltar de los sobacos el cuerpo sin vida del miliciano, entre lágrimas mira con rabia la muerte que le muestra el mosquetero holandés.
Es un rostro fiero, de un mirar tan intenso, tan azul dentro del cerco negro con el que se pinta los ojos como el que debe mostrar la faz de una criatura del demonio. Alonsillo no le quita los ojos de encima, y cuando ve que se prende la mecha del mosquete se encomienda a Dios Todopoderoso.
No tiene tiempo para ningún otro pensamiento, ni siquiera para comprender por qué en el último instante el cañón del arma se desvía ostensiblemente a la derecha; la bala hace desaparecer la cara del arcabucero que ya estaba a punto de dispararle casi a quemarropa. Un sollozo desconsolado sacude el cuerpo enclenqueEnclenque Débil, enfermizo de Alonsillo, al tiempo que el peso del capitán Cipriano de Torres le arrastra irremisiblemente bajo el agua.
Un instante antes de sumergirse, puede ver claramente cómo el mosquetero, al tiempo que grita enérgicas órdenes a los demás tripulantes de la barca para alejarla de la orilla con el almirante herido, le mira de nuevo fijamente a la cara. Puede ver cómo el sol del mediodía hace nacer un fugaz reflejo asomándole bajo el casco. Le parece una pequeña cruz de plata que le cuelga de la oreja izquierda.
El tiempo que Alonsillo permaneció bajo el agua nunca lo supo. Sí creyó que fue una eternidad.
En la retirada precipitada, unos milicianos de la compañía de La Vega rescataron de las aguas a Juan Alonso, Alonsillo.



ALONSILLO

Ajeno a las desavenencias humanas, el sol continuaba su ascensión imperturbable en un cielo que solo se limpiaba de humo con la altura. Después de dos horas de intenso cañoneo por ambos lados, el olor de la pólvora y la humareda de dos galeonesGaleones Un galeón es una embarcación a vela utilizada desde principios del siglo XVI. Los galeones eran barcos de destrucción poderosos y muy lentos que podían ser igualmente usados para el comercio o la guerra. en fuego que traía la brisa del noreste sofocaban la respiración de los defensores en la playa.

Pero nada parecía frenar la constante tarea de Alonsillo, quien, infatigable, ya llevaba más de una hora recorriendo las líneas del frente en labores de abastecimiento. De la brida tenía que ir tironeando a una mula asustada por los continuos estampidos que cargaba los víveres y el agua para la tropa. Y, por encomienda del señor deánDeán Canónigo que preside el cabildo de la catedral., traía como ayudante a Pedro Motión, criado del señor obispo y hombre bonachón y corpulento, pero que a duras penas podía llegar a la zaga de Alonsillo y de la mula. De tal modo que, en la mayor parte de las ocasiones, ya Alonsillo había hecho el reparto de bizcocho y agua en una posición cuando llegaba el pobre de Pedro Motión más muerto que vivo. Por fortuna, en esta última posición, en el istmo de Guanarteme, se habían encontrado con el señor deán, Francisco Mejía, que pidió a Pedro Motión que lo auxiliase en labores espirituales. Tenían que administrar los últimos sacramentos a los primeros entre los milicianos canarios muertos. Una certera bala de cañón había caído en unos médanosMédano Montón de arena casi a flor de agua, en un paraje en que el mar tiene poco fondo. tras los que se escondían dos arcabuceros de la compañía del señor Ruiz de Alarcón y los había matado de forma instantánea. Aunque la muerte había desaparecido de la mente de Alonsillo, tras los primeros momentos de la batalla, aquella visión de un amasijo de extremidades en raras contorsiones que asomaba bajo una sábana ensangrentada y al que don Francisco Mejía con la ayuda de Pedro Motión oficiaba la extremaunción le provocó una gran conmoción.

Tal vez para huir del miedo que le empezaba a puntear el ánimo, tiró de la mula y salió de nuevo de la posición para volver a las trincheras de Santa Catalina. En ese momento se dio cuenta de que algo había cambiado en el mar. Hasta ahora amparadas por los poderosos cascos de los buques, cientos de barcas cargadas con más de cuarenta hombres armados cada una se separaron en compactos grupos y se esparcieron como una gran mancha que se extendía rápidamente por la superficie del mar.

Con la boca seca y sin poder moverse del miedo, Alonsillo solo pudo asistir como espectador a lo que ocurrió a continuación. Con un griterío infernal proveniente de las tripulaciones, una importante masa de las barcas se dirigió a gran velocidad hacia la caleta de Santa Catalina a la vez que disparaban los pequeños cañones, esmeriles, que muchas llevaban en la proa contra las posiciones defensivas de los milicianos.

De entre estos salieron al borde de la playa varias formaciones de arcabuceros que montaron sus arcabuces sobre las horquillas y aguardaron la orden de disparo. Y cuando las primeras barcas, sin cesar en su ímpetu de movimiento y en sus gritos, estuvieron a unos cincuenta metros de la línea de playa, dispararon a la vez los escuadrones de arcabuceros y el sacre que apuntaba desde la punta de Santa Catalina. Como de un aguacero que cayera entre la formación de barcas, el agua pareció hervir alrededor de los navíos, frenando su hasta entonces rectilíneo movimiento, mientras una invisible lluvia proveniente de las bolsas llenas de pequeñas balas de plomo que disparaba el sacre en tiros rasantes caía del cielo. Las voces de ánimo y osadía se trastocaron por gritos de dolor y frustración. Muchos hombres quedaban muertos dentro de las propias barcas o caían heridos por la borda y morían ahogados a falta de auxilio de sus compañeros, que, acosados por las continuas descargas de los arcabuces y los disparos del sacre, intentaban maniobrar para retroceder en orden.

Cuando se hizo evidente que el grupo de barcas que había iniciado el ataque remaba de vuelta para unirse al resto de la flotilla junto a los galeones, se levantó un clamor entusiasta en las filas canarias que recorrió en oleadas todas las líneas desde el pie del castillo de Santa Ana adentrado en el agua hasta la fortaleza de La Luz. También contagió a Alonsillo, que, a gritos desaforados que espantaron a la mula, echó todo su miedo por la boca hasta desgañitarse. Con el corazón henchido de entusiasmo y siempre tirando de la mula, corrió para llegar a las trincheras de Santa Catalina y abrazar a los héroes. Pero no tardó la inquietud en volver a abrirse un hueco en su ánimo, en plena carrera y mientras miraba de reojo, pudo observar cómo de la flotilla de barcas volvía a salir otro grupo compacto, en este caso, en dirección al embarcadero de La Luz. Ya hacía tiempo que la fortaleza apenas disparaba a la flota de galeones y ese extraño silencio podría haber alentado este nuevo intento de desembarco por ese lugar.

Para incrementar esos sombríos pensamientos de Alonsillo, al poco se cruzó con el gobernador, don Alonso Alvarado, y su lugarteniente, don Antonio Pamochamoso, quienes iban en dirección al embarcadero a galope tendido y seguidos de otros caballeros. No tardaron en seguirlos dos carretas con varias piezas de artillería trasladadas de otros lugares más al sur.

Ya en las inmediaciones de la ermita de Santa Catalina, Alonsillo escuchó los griteríos lejanos y el ruido de los disparos. Con el corazón en un puño, aguardó unos minutos que le parecieron eternos hasta que en el mar divisó otra vez una imagen repetida y que le levantaba el espíritu. La misma punta de lanza de barcas que había visto retroceder en el intento de desembarco por la caleta de Santa Catalina volvía a su formación inicial al amparo de los galeones y no tardó en llegar a sus oídos el júbilo de los vencedores, que, como un eco, repitieron los que estaban en la ermita de Santa Catalina.

Volvía Alonsillo a cargar a la mula de fruta y agua fresca de los improvisados almacenes de víveres en aquel lugar cuando llegaron a la misma ermita dos carretas trayendo nuevos muertos milicianos. Un canónigoCanónigo Eclesiástico que tiene una canonjía del Cabildo Catedralicio venía al frente musitando oraciones del breviario. Era un amargo espectáculo observar más de diez cuerpos cristianos que ya no volverían a ver la luz de estas playas que habían defendido con su sangre. Pero nada comparado con el incontable número de muertos de herejesHerejes Persona que niega alguno de los dogmas establecidos en una religión. que flotaban en las aguas bajas de la caleta de Santa Catalina y que el mar iba sacando a la orilla haciéndolos rodar por la arena con el flujo y reflujo de la marea. Tal vez fuera esta una imagen que enviaba Nuestro Señor para ejemplificar el eterno destino de las almas impías.

En estos pensamientos se ocupaba Alonsillo cuando los gritos de alarma y el redoble de tambores de las compañías que estaban en las posiciones intermedias entre la caleta de Santa Catalina y el istmo de Guanarteme avisaron de una nueva amenaza.

Eran aquellas las compañías de La Vega, Teror y Arucas, y la nueva línea de costa amenazada por la flotilla de barcas era una zona entre el embarcadero y la punta de Santa Catalina, un lugar de bajíos de muy difícil desembarco. Con gestos perentorios, el gobernador y su lugarteniente solicitaban apoyo a todos los que estaban en las inmediaciones de la ermita de Santa Catalina.

No lo dudó Alonsillo y, dejando la mula, salió corriendo, mezclándose al poco entre los milicianos de la compañía de La Vega. En su arrebato no cayó en la cuenta de que no llevaba arma alguna y de que había dejado el morrión que le protegía la cabeza en alguno de los lugares de aprovisionamiento. ¿Valentía o temeridad? Cuando se era joven como lo era Alonsillo, ambas cosas solían confundirse. Cuando llegó a la zona de la costa, Alonsillo vio un espectáculo sobrecogedor. Con el agua en la cintura, canarios y holandeses intercambiaban arcabuzazos a quemarropa y trataban de herirse mutuamente con lanzas y espadas. Diez enormes lanchones planos ya habían encallado en la orilla y otros tantos llegaban a la zaga. El fulgor en las corazas y en las puntas de las lanzas les daba el aspecto de criaturas antediluvianas que emergían del océano. Pero no se arredró Alonsillo y, sin parar su carrera, continuó entre los milicianos que gritaban desaforadamente acercándose al enemigo. A su lado y armado con una enorme pica, vio pasar al capitán de la compañía de La Vega, el capitán Cipriano de Torres, quien, sin dudarlo y metiéndose en el agua, acometió a una lancha que estaba a punto de encallar. Las insignias grandes y naranjas indicaban que traía a oficiales de alto rango.

El capitán atacó al de mayor porte y mejor armado con tal impulso que si no consiguió hincarle la lanza en el cuello fue porque el holandés colocó los guanteletes ante la punta de acero y desvió el golpe a la coraza que le cubría el pecho. Tendido sobre la lancha, cuando el capitán Cipriano de Torres quiso darle el golpe de gracia, recibió hasta cinco tiros de arcabuz en el pecho, en la cara y en el muslo derecho. Tal vez murió sabiendo que había estado a punto de matar con su lanza al mismísimo almirante de la escuadraEscuadra Un escuadrón naval o escuadra naval es una unidad militar compuesta por tres o cuatro grandes buques de guerra, naves de transporte, submarinos, o a veces pequeñas embarcaciones que pueden ser parte de una mayor fuerza de tareas o flota. holandesa.

Viendo cómo el capitán se hundía lentamente en el agua sin soltar la pica, Alonsillo no dudó en entrar al agua y coger de los sobacos el cuerpo ya inerte de Cipriano de Torres. Se supo amenazado por los dos flancos, pero solo tenía en el pensamiento rescatar del agua aquel cuerpo probablemente ya muerto. Un arcabucero de una lancha que llegaba por su izquierda cargaba su arma sin quitarle el ojo y, asomando entre el resto de hombres que seguían atendiendo al almirante herido, un enorme mosqueteroMosquetero Un mosquetero era un soldado de infantería armado con mosquete que apareció en el siglo XVI y combatió en los ejércitos europeos por dos siglos, siendo sustituidos en el siglo XVIII por soldados armados con fusiles de avancarga. le apuntaba directamente a la cara a menos de dos metros de distancia. Alonsillo lloraba, no sabía si por la impotencia de alzar el cadáver del capitán o porque se había dado cuenta de que estaba a punto de morir de un disparo. Sin soltar el cuerpo exánimeExánime Exánime: Que está sin vida o no da señales de vida. del miliciano, entre las lágrimas, miró con rabia la muerte que le mostraba el mosquetero holandés. Era un rostro fiero de un mirar tan intenso, tan azul dentro del cerco negro con el que se pintaba los ojos, como el que debía de mostrar la faz de una criatura del demonio. Alonsillo no le quitaba los ojos y, cuando vio que se prendía la mecha del mosquete, se encomendó a Dios Todopoderoso.

No tuvo tiempo para ningún otro pensamiento, ni siquiera para comprender por qué en el último instante el cañón del arma se desvió ostensiblemente a la derecha y la bala hizo desaparecer la cara del arcabucero, que ya se disponía también a dispararle casi a quemarropa. Un sollozo desconsolado sacudió el cuerpo enclenqueEnclenque Débil, enfermizo de Alonsillo al tiempo que el peso del capitán Cipriano de Torres lo arrastraba irremisiblemente bajo el agua. Un instante antes de sumergirse pudo ver claramente cómo el mosquetero, al tiempo que gritaba enérgicas órdenes a los demás tripulantes de la barca para alejarla de la orilla con el almirante herido, lo miraba de nuevo fijamente a la cara. Pudo ver cómo el sol del mediodía hizo nacer un fugaz reflejo asomando bajo el casco. Le pareció una pequeña cruz de plata que le colgaba de la oreja izquierda.

El tiempo que Alonsillo permaneció bajo el agua nunca lo supo. Sí creyó que, como ocurre con los muertos, fue una eternidad. Por eso tuvo mucho tiempo, en la calma y el silencio submarinos, para recordar la cara del mosquetero y descifrar el misterio por el que un hereje le había salvado la vida.

Como de una conversión religiosa, su visión de los herejes ya no sería la misma. También tuvo tiempo para visitar a los habitantes de aquel Hades marino. La mayor parte eran muertos holandeses que alfombraban los bajíos y arrecifes con la cara encenegada y sin posibilidad de mirar la luz de la salvación. Pero otra buena parte se mezclaba con decenas de muertos cristianos que flotaban plácidamente entre dos aguas mirando al cielo.

Entre los últimos muertos, llegando con retraso, distinguió la cara asombrada y bonachona de Pedro Motión. Tenía un gran agujero en el centro del pecho por el que entraban y salían peces de colores. En la retirada precipitada, unos milicianos de la compañía de La Vega rescataron de las aguas a Juan Alonso, Alonsillo.



EL CAPITÁN CORNELIS DUM

Lenta y majestuosamente, el Orangieboom, nave capitana de la escuadraEscuadra Un escuadrón naval o escuadra naval es una unidad militar compuesta por tres o cuatro grandes buques de guerra, naves de transporte, submarinos, o a veces pequeñas embarcaciones que pueden ser parte de una mayor fuerza de tareas o flota. de setenta y tres galeonesGaleones Un galeón es una embarcación a vela utilizada desde principios del siglo XVI. Los galeones eran barcos de destrucción poderosos y muy lentos que podían ser igualmente usados para el comercio o la guerra. de los Estados Generales de Holanda, al mando del vicealmiranteVicealmirante Militar del cuerpo de generales de la Armada que tiene categoría inmediatamente superior a la de contraalmirante e inmediatamente inferior a la de almirante. Pieter van der Does, surcaba las aguas abandonando el puerto de Flesinga entre salvas de arcabuceríaArcabucería El arcabuz es una antigua arma de fuego de avancarga, antecesor del mosquete. Su uso estuvo extendido en la infantería europea de los siglos XV al XVII. A pesar de su longitud, el disparo era de corto alcance, pero letal; a esa distancia podía perforar armaduras. y vítores de una multitud enfervorizadaEnfervorizar Provocar en alguien, generalmente una multitud, un sentimiento intenso de entusiasmo y admiración. que atestaba el muelle. Eran las primeras horas del 28 de mayo del año de gracia de 1599 y las Provincias Unidas de la joven República neerlandesaNeerlandés Persona natural de Países Bajos habían decidido asestarAsestar Dar un golpe, causar una herida con arma blanca o disparar un arma de fuego contra alguien o algo. un duro golpe al orgulloso imperio de la papista monarquía española.

De pie en el palo de bauprésPalo de bauprés Palo grueso , horizontal o algo inclinado , que en la proa de los barcos sirve para asegurar los estayes del trinquete , orientar los foques y algunos otros usos ., la figura del capitán Cornelis Dum resultaba imponente. Vestido por completo de negro (sombrero de ala anchaSombrero de ala ancha Estos sombreros se caracterizan por presentar un ala ancha y plana con copa cilíndrica y utilizar materiales como la lana, el dralón, pelo de conejo, panamá y el fieltro., jubónJubón El jubón es una prenda rígida que cubría desde los hombros hasta la cintura y que estuvo en boga en España en los siglos XV al XVII, hasta que las túnicas más largas o con vuelos de haldas y las casacas de influencia francesa se hicieron más populares. y casacaCasaca Se llama casaca a una prenda exterior, generalmente masculina, ya en desuso, que se llevaba ceñida. Se utilizó básicamente desde finales del siglo XVII hasta principios del XIX., medias de lana y zapatos de cuero) se sujetaba con la mano izquierda a un caboCabo Un Cabo es cualquiera de las cuerdas que se emplean a bordo de un barco y que, según su grueso, consta de dos, tres o cuatro cordones. mientras la derecha descansaba en la empuñadura de una espada de lazoEspada de lazo El término «espada ropera» es de origen español y aparece por vez primera en 1468. que lleva a la cintura. La barba muy tupida y rubia la llevaba recogida aquí y allá con lacitos negros de seda, y el cerco de los ojos, que eran de un azul intenso, lo llevaba pintado de un negro azulado a base de un afeite de kohlAfeite de kohl El kohl es un cosmético a base de galena molida y otros ingredientes, usado principalmente por las mujeres de Oriente Medio, Norte de África, África subsahariana y Sur de Asia, y en menor medida por los hombres, para oscurecer los párpados y como máscara de ojos.. Un arete de oro le perforaba el lóbulo de la oreja izquierda y de él colgaba una pequeña cruz de plata y esmeraldas.

En aquellos momentos, cuando el joven Cornelis acababa de cumplir los dieciocho años, ante el fuego azul de sus ojos se abría por fin un horizonte anchuroso en el que depositaba todas sus esperanzas. Para ello tuvo que tomar una decisión, la más importante de su aún corta vida, que la mayoría de los mortales, teniendo en cuenta la posición acomodada del joven Dum y el futuro generoso que se le ofrecía, hubiera calificado de auténtica locura, tratándose del único heredero del imperio comercial que había levantado Diriksen Dum, su padre, armador de una considerable flota de barcos factoría en los que traía pescado del Báltico y llevaba mercancías de los comerciantes de Amberes a aquellos países septentrionalesSeptentrionales Septentrionales: Del norte o relacionado con él.. Cornelis estaba predestinado a convertirse en un próspero hombre de negocios que llevara el viejo apellido Dum a cotas que nunca había alcanzado en su larga historia. Era el sueño del señor Diriksen, la sola ilusión de una vida que parecía haberse truncado con la muerte prematura de su joven esposa en el parto de su único hijo.

Pero, como por desgracia suele suceder en todas las épocas y con muchos padres, el señor Diriksen nunca contó con su hijo y jamás se paró a pensar que las aspiraciones de nuestras almas, por muy buenas y deseables que nos parezcan, siempre tienen el límite del alma del prójimoPrójimo Persona, considerada respecto de cualquier otro ser humano en tanto que parte de la humanidad., por muy hijo nuestro que este sea. Por el contrario, los pensamientos del joven planificaban cuidadosamente el momento más oportuno para liberarse de la vida que para él imaginaba su progenitor.

La ocasión se le presentó un año y medio más tarde, estando en Lieja por razones del negocio familiar, cuando en una plaza de la ciudad se tropezó con una compañía de reclutamiento que, al mando de un capitán, llamaba voluntarios para defender a las Provincias Unidas contra los Tercios Españoles. Cornelis Dum no lo dudó ni un momento, dio su nombre al oficial de alistamiento y ese mismo día le dieron un uniforme y algo de dinero para sus primeros gastos.

Finalizada la leva y escuchados los artículos del reglamento militar al que se debía a partir de entonces, hizo juramento y se incorporó a la compañía de miliciasMilicias Técnica de hacer la guerra y de preparar a los soldados para ella. como ayudante de piqueteroPiquetero La denominación «piquetero» proviene del hecho de que los movimientos de desocupados principalmente tienen como forma de protesta social, la instalación de piquetes en lugares estratégicos, para imposibilitar total o parcialmente la circulación por calles, caminos o rutas.. Durante dos meses sufrió sin una queja el duro adiestramiento y la inflexible disciplina militar, tras los cuales, y con una pesada pica de cuatro metros de longitud al hombro, estuvo dispuesto para su primer combate.

Y al otro lado… Al otro lado, sin vislumbrarlo aún con claridad, el joven Cornelis divisaba un horizonte luminoso y cálido, un mundo en el que imaginaba a una mujer que lo amaría como la madre que nunca tuvo y a unos hijos a los que podría prodigar el amor paterno que jamás sintió. Pero eso sería después, más tarde; por el momento, ahí estaba la inmediata lucha.

En las cercanías de Leyden, el piquetero Cornelis Dum afrontó el primer embateEmbate Golpe fuerte dado por las olas del mar o por el viento contra algo. de una compañía de los tercios españoles con un valor que llamó pronto la atención de sus superiores. En el contraataque posterior, llegó a causar asombro su arrojo y, especialmente, la frialdad con que daba muerte a su primer enemigo. Rezagado el capellánCapellán Sacerdote encargado del servicio religioso de una iglesia no parroquial, como una comunidad religiosa, un hospital, etc. de la compañía del tercio español en precipitada y desordenada huida, de nada valió su ruego implorante al ver acercarse a un enemigo. El joven Cornelis le traspasó el pecho de un certero lanzazo. Después, de entre las manos temblorosas del agonizante arrancó un rosario que tenía una pequeña cruz de plata y esmeraldas. Era la cruz que colgaba de su oreja izquierda.

Muchas muertes siguieron a esta y, a la par que crecía su número, aumentaba en la misma proporción la consideración por el soldado Cornelis Dum. Además de su contrastada valentía, sus superiores valoraban la facilidad que demostraba para asimilar tácticas y estrategias, la habilidad en el manejo de las nuevas armas de fuego como el arcabuz y el mosquete, y sus dotes de mando. En poco tiempo fue nombrado cabo; dos años más tarde, teniente de una compañía de arcabuceros, y antes de cumplir los treinta años ya era el reputado capitán de una de las mejores compañías.

Sus subordinados se sentían seguros bajo su mando, confiados en las certeras decisiones que tomaba durante las batallas y con un temor respetuoso en su presencia. Todos, oficiales y soldados rasos, sentían por él afecto y estima, sentimiento, por otra parte, que tenía su reciprocidad en Cornelis Dum, quien mostraba lo mismo por sus compañeros de armas, aunque nadie escuchó de sus labios una palabra o vio un gesto que expresara amor u odio, alegría o disgusto, deseo o frustración.

En cuanto a sus enemigos, desgraciado el que cayera en el radio de acción de su espada o en el punto de mira de su mosquete. Ya en los primeros combates, el joven Cornelis había comprobado que, en el combate cuerpo a cuerpo, el miedo paralizante que su poderosa figura y la habitual frialdad que su cara inspiraba en el contrario aumentaba al pintar el cerco de sus ojos con un afeite azul oscuro, algo que aprendió de un veterano de guerra. Desde entonces lo añadió a su cara como otra parte natural de su fisonomíaFisonomía Fisonomía: Aspecto particular del rostro de una persona.. Nunca sintió la menor piedad por el adversario. Siempre intentó eliminarlos de la manera más rápida y efectiva. En todo caso, de la muerte de alguno de ellos tuvo la necesidad de guardar algún motivo para recordarlos, como un botín de guerra. Así, la cruz de plata y esmeraldas de su primera víctima o un libro manchado de sangre que guardaba en un pequeño morral que siempre llevaba consigo, arrebatado al último español que dio muerte.

Ocurrió eso no hace ni dos años, en los prolegómenos de la famosa batalla de Turnhout. En esos momentos, la existencia de Cornelis Dum pasaba por un periodo extraño y desconcertante. Un día se despertó con el pensamiento de que acababa de cumplir los cuarenta y cinco años y de que la vida se le había ido como en un soplo. Se había transformado en un oficial de gran prestigio a las órdenes directas del todopoderoso Pieter van der Does, pero sus anhelos más íntimos, aquellos que tenían que ver con fundar una familia a la que dedicar todo el amor que imaginaba, de repente se le presentaban como algo fugaz. Fue una temporada de un desconcierto y de una ansiedad que nunca había sentido. Y entonces el destino le había traído aquel libro.

Al mando de un pequeño grupo de mosqueterosMosquetero Un mosquetero era un soldado de infantería armado con mosquete que apareció en el siglo XVI y combatió en los ejércitos europeos por dos siglos, siendo sustituidos en el siglo XVIII por soldados armados con fusiles de avancarga. seleccionados, un día al anochecer sorprendieron un destacamento de reconocimiento del tercio español que descansaba en un claro del bosque, en las cercanías de Anvers. La mayoría dormitaba y uno de ellos, oficial, gordo y veterano, leía sentado un libro. El disparo de mosquete del capitán Cornelis le atravesó el cráneo y un reguerillo de sangre se encauzó por dentro de la camisa hacia el brazo y, de ahí, a la palma de la mano que aún sostenía el libro.

Esa misma noche, ya en su jergónJergón Colchón relleno de paja, hierba o esparto sin puntadas o bastas que mantengan repartido y sujeto el relleno. y a la luz de una vela, Cornelis Dum leyó el título: Libro de las maravillas del mundo y del viaje de la tierra santa de Jerusalén y de todas las provincias y ciudades de las Indias y de todos los hombres monstruos que hay por el mundo, con otras muchas cosas admirables, cuyo autor era un tal Juan de Mandeville. En la página donde había desembocado el río de sangre del veterano oficial español, pudo leer:

«Junto a una selva estaba la ciudad de Polombé, y junto a esta ciudad, una montaña de la que tomaba su nombre la ciudad. Al pie de la montaña hay una gran fuente, noble y hermosa; el sabor del agua es dulce y olorosa, como si la formaran diversas maneras de especiería. El agua cambia con las horas del día; es otro su sabor y otro su olor. El que bebe de esa agua en cantidad suficiente sana de sus enfermedades, ya no se enferma y es siempre joven».

Y aunque desde ese día y cada noche el capitán Cornelis leía con devoción todas las maravillas y misterios que describía el libro, siempre acababa con la lectura de ese pasaje que, en el fondo escarlata de la sangre seca, parecía señalarle esa fuente prodigiosa en la que podía ahogar la angustia y recuperar la esperanza perdida. Para aumentar su optimismo y reavivar el brillo de esa mirada oscurecida en los últimos tiempos por la sombra de la duda, no hacía ni dos meses que lo habían propuesto para guardia personal del insigne almirante Pieter van der Does, quien, al mando de una poderosa escuadra de galeones, proyectaba atacar los dominios españoles en el otro lado del mundo. Casi tenía la seguridad de que en algún lugar de ese nuevo mundo, al que ahora iba con la escuadra holandesa, estaría Polombé y la fuente que le devolvería la juventud perdida. El afecto, el amor, el cariño otra vez a la vuelta de la esquina.

Por lo general serio y circunspecto, esa mañana del 28 de mayo de 1599, de pie en el bauprés de la nave capitana mientras abandonaba el puerto de Flesinga, el capitán Cornelis Dum, alzando el sombrero de ala ancha por encima de su cabeza, acompañaba alegremente los entusiastas gritos de la tripulación:

—¡Vivan los Estados Generales! ¡Mueran los papistas!