XV UN ECO DESORDENADO POR EL VIENTO

XV

UN ECO DESORDENADO POR EL VIENTO

Los días posteriores resultaron indescriptibles para los cinco jóvenes que acababan de descubrir una playa mágica de olas perpetuas. Agatha Christie, la primera surfista de la Cícer, la fundadora de The Gran Canary Surfer Lodge, se convirtió por asentimiento en el ser humano más admirado sobre la faz de la playa.

Esa misma noche, tras haber pasado el día repasando olas, decidieron presentar sus respetos a los anteriores presidentes de la logia. No tenían con qué brindar sino agua, ni qué comer sino alguna lata y papas fritas, pero mirando el mar oscuro salpicado de luminosidades de espuma blanca, alzaron sus manos al cielo de puntillismo y prometieron conservar aquel lugar maravilloso tal como estaba. Respetar la naturaleza de La Isleta en su estado más puro y auténtico. El secreto debía ser guardado y, así, casi sin pretenderlo, Carla, Lolo, Irene, Mingo y Colacho empezaron a formar parte del club creado por Agatha Christie.

Carla gritó a la noche sus nombres: Agatha, Dora, Sarah, Peter, Masito… ¡Por ustedes!

—Es una pena que Masito no haya podido venir con nosotros —dijo Carla recordando la última mirada de tristeza de musgo de Masito—. Me siento mal por todo lo que sucedió con él. Además, a día de hoy sigue siendo el presidente de la logia.

—Pues yo no lo siento tanto —intervino Colacho—. El perro vino a darnos una paliza en la playa de Vagabundo. ¡Que se joda!

—No seas así. Él llevaba años buscando lo que nosotros hemos hallado en pocas semanas. Es el presidente de la logia y ha invertido mucho tiempo en su busca. Era normal que se desesperara y actuara de aquella manera.

—No, Carla, no lo justifiques, que las hostias fueron muy reales.

—También nosotros nos defendimos y le dimos lo suyo. Recuerda que aún sigue en el hospital. Sin Masito jamás hubiéramos dado con la playa, ni descubierto la logia, ni a Agatha Christie.

—¡Dejémoslo estar, señores! —cortó Mingo que se vestía con un pantalón largo para cubrir la herida, cuyo aspecto de gusano rosa cilíndrico con anillos era evidente. El agua salada, buena para desinfectar, no lo era tanto para cerrar las heridas, sobre todo las físicas; las mentales curaban con rapidez.

—Por una vez en nuestras vidas hemos hecho algo auténtico —comentó Lolo—. Fue pura casualidad encontrar el cráneo de Dora Curtis en la Cícer…

—El choriqueso, dirás —bromeó Colacho.

—Quiero que mi vida tenga que ver con esto, gente —dijo Carla—. Estoy decidida a montar esa escuela de surf que tanto anhelamos como lo hablábamos el otro día. Conseguiremos el dinero de alguna manera.

—¿Qué tal trabajando? —preguntó Irene.

—No será tan difícil, locos. Además, las escuelas actuales las veo desfasadas. Solo quieren pasta explotando a los pobres guiris que veranean en Las Canteras. No enseñan la filosofía del surf auténtico.

—Y esa filosofía, ¿cómo es, tía? —expuso Colacho.

—No sé decirte. Hay algo más, no solo es un deporte, tiene un plus misterioso que solo se consigue con destreza. No es un pensamiento, sino un sentimiento. Y ni siquiera eso, son las mil veces que caes y te vuelves a levantar empujado por el mar, el primer renteRente Rente: La expresión del habla popular cubana a rente suele usarse para referirse a algo que pasa/corta (u otra acción similar) muy cerca de otra cosa., el miedo a las grandes olas, las horas sentadas en la orilla viendo el horizonte, el frío, las manos arrugadas…

—Las papas arrugadas…

Rieron acompasados por el sonido escurridizo y seseante del mar.

Protegidos por la noche y la carpa natural, no necesitaron cubrirse para dormir. Se defendieron de la humedad salina con las fundas de las tablas y la cercanía de sus cuerpos exhaustos. Lolo ofreció su pecho a Carla como almohada y ella se quedó dormida escuchando su corazón. Los sueños de Carla Murphy se entremezclaron con olas de lava, cuya punta espumosa se transformaba en los ojos de Lolo, del mar surgía una ballena calderón con el rostro de Agatha Christie, la boca de la escritora-cetáceo se convirtió en fauces con colmillos que desgarraban a mordiscos una pierna amputada.

A la mañana siguiente subieron al mar. Una necesidad transcendental vibraba en las vísceras repletas de juventud. En aquel lugar, en la playa secreta, día tras día las olas vivían con rebeldía adolescente, nacían con fuerza, morían perfectas. Allí, surfeando solos, aprendieron los ritmos de las series, bailaron sobre el agua, descubrieron tubos diseñados a compás, hirieron el mar luminoso con sus quillas afiladas. Carla volvió a notar en sus omóplatos las inevitables alas que la elevaban por encima de del mar. Pasaron el día entero sobre el agua sin tiempo, sobre el espacio sin tierra.

Al amanecer del tercer día, se juraron no desvelar a nadie aquel lugar. La playa secreta sería solo para ellos.

—Solo hay que decírselo a Masito —dijo Carla.

Todos asintieron.

Recogieron mochilas, tablas y desperdicios e iniciaron el regreso. El siguiente fin de semana volverían a su playa. Entraron nuevamente en la oscura gruta en una hilera. Conocer la estructura de la cueva los reconfortaba. Subidas y bajadas, aristas y filos peligrosos, partes resbaladizas, la bóveda templaria, el estrechamiento reptante: todo se dibujaba en sus mentes para no cometer errores inapropiados, como que se rompiera otra pierna o sangrara alguna nueva cabeza.

Salieron temprano con el estómago vacío y calcularon que alrededor de veinticinco minutos de caverna serían suficientes para llegar al otro lado: el Lomo de los Morros. La noche se les echó encima durante la radiante mañana, otra vez las linternas encendían sus pasos. Nada preocupante en el primer tramo, vuelta a girar el recodo que los introdujo en una oscuridad mayor.

—¡Cuidado, aquí comienza el descenso! —exclamó Lolo girando su cabeza hacia el resto.

—¿Aquí es dónde me jodí la pierna? ¡Ojito, locos!

—Espera, Mingo, deja que bajemos Carla y yo primero. Colacho, tú quédate el último por si las moscas.

—Oído, jefe.

No resultó complicado bajar entre los filos cortantes. El embudo magmático se fue ensanchando hasta llegar a la magnífica bóveda que, como un templo silencioso con barras de luz y gotas de sal, convino un remanso en donde detenerse a descansar. Así lo hicieron. A los pocos minutos retomaron la marcha, llegaban ya al estrechamiento y otra vez debían desembarazarse de las cosas para pasarlas por el ajustado hueco por el que cabía una sola persona a la vez.

Inesperadamente, una sombra surgida de las rocas volcánicas comenzó a moverse. Al principio lo tomaron como un juego engañoso de la penumbra y la luz, pero en cuestión de segundos descubrieron la figura de un hombre. Iba armado con un bastón largo y metálico de los utilizados para senderismo. Su actitud agresiva envolvía la estancia.

—¡Hijos de perra! —resonó la caverna mientras golpeaba al aire—. ¡No saldrá nadie vivo de esta cueva! ¡Nadie tiene que saberlo! ¡Los mataré a todos!

—¡Masito! —exclamó Lolo— ¡¿Qué haces, tío?!

—El presidente de la logia… —Rio enloquecido—. Y ustedes, niñatos de mierda, han encontrado la playa secreta antes que yo. Me los cargo a todos. —Se acercaba golpeando al aire con más violencia si cabe—. Nadie debe saberlo.

Actuaba como un perturbado, completamente desequilibrado. Sus ojos desprendían una cólera inmensa y su boca, contraída por la rabia, parecía llena de colmillos puntiagudos. El movimiento de su mandíbula y su aspecto revuelto lo convertían en un sociópata consumidor de cocaína.

—¡Masito, por Dios! ¡Para! ¿Te has vuelto loco?

Irene y Carla pasaron rápidamente por el estrecho hueco, Mingo les iba pasando las mochilas y tablas a toda velocidad sin tener en cuenta si se golpeaban contra las paredes volcánicas de la gruta, seguidamente atravesó el pequeño hueco y llegó al otro lado. Masito no se detenía, tal era su furia. Alzó su brazo y asestó un golpe, pero Lolo pudo esquivarlo dando un salto hacia atrás. Colacho aprovechó la ocasión para dar un recio empujón a Masito, que cayó de espaldas sobre las piedras. En ese momento, Lolo y Colacho se colaron rápidamente por la angosta grieta y, ayudados por el resto, consiguieron atravesar, pero no antes de que Colacho recibiera un terrible bastonazo en una de sus piernas.

—¡Hijos de perra! —Se oyó desde el otro lado resonando en la bóveda con un eco siniestro la voz rota.

Masito reptó por el estrecho hueco. Se había transformado en una monstruosa serpiente escupiendo amarga bilis.

Los cinco corrieron buscando la salida. El aire de sus pulmones era rancio. El miedo en forma de hombre envolvió de adrenalina el lúgubre espacio. Huían lo más rápido que sus piernas le permitían, atemorizados y caóticos como niños asustados por un trueno. Una ansiedad persistente corría por la sangre de los chicos. Mingo se apretaba el muslo que empezaba a sangrar. Colacho renqueaba por el golpe de la fusta que se le enterró en la piel como un latigazo. Irene y Carla lloraban de rabia e impotencia acercándose a la salida de la gruta, ahora maldita. Jamás sintieron un pánico semejante. Terror en primera persona, alarma en las venas de la piel…

Masito había tomado nuevamente forma humana, aunque se movía irracional. El bastón golpeaba irascible contra las paredes negras de la cueva, produciendo un sonido áspero y metálico.

Por fin vieron la luz del exterior y con un ímpetu sacado de las recónditas tripas se precipitaron a la cima de la montaña. No miraron hacia atrás temiendo que Masito los alcanzara. Aún se oían sus gritos.

—¡Malditos niñatos de mierda! ¡Los mato a todos! ¡Hijos de perra!

El alma de los chicos iba más rápido que sus propios pasos. Saltaron por encima del roque y descendieron el risco haciendo saltar rocas y peñascos que rodaban hacia el barranco. Sentían a sus espaldas el silbido de los bastonazos golpeando contra el aire. Y, de repente, silencio.

Cuando Lolo se atrevió a mirar atrás, vio el vacío. Nada de gritos, nada de golpes, solo silencio, quebrado de vez en cuando por alguna roca tardía que rodaba por la tierra. Las piernas temblaban. El corazón transitaba en los riñones.

Poco a poco todo quedó en calma. El aire soplaba continuo, acercando las nubes de la panza burro que se avecinaba sobre la ciudad. Masito ya no estaba a sus espaldas. Los golpes quedaron como un eco desordenado por el viento.

—Ya no está —dijo Lolo.

—Estará escondido por algún sitio, cuidado. —Pensó Colacho.

—¿Dónde habrá ido? —preguntó Mingo con la voz quebradiza.

—No sé, hermano. Vaya hijo de puta, quería matarnos —aseveró Lolo.

Irene y Carla palpitaban en un llanto entrecortado. Carla pensó que se había equivocado con Masito.

—Pero si no sabía dónde estaba la playa, ¿cómo ha llegado hasta la gruta? —inquirió Mingo apretando la mandíbula.

—Ni puta idea, loco.

—Nos siguió —apuntó Carla—; nos siguió hasta aquí de alguna manera. Es fácil escaparse del hospital. Lo que me incomoda es saber cuánto tiempo ha estado observándonos. Solo esperaba el momento oportuno para jodernos la vida.

—¿Qué haces, Lolo?, ¿adónde vas? —preguntó Colacho viendo a su amigo subir por la ladera de la montaña.

—Un segundo, ahora vuelvo, todos quietos —ordenó.

Lolo subió por el risco rojizo hasta el roque de rosas volcánicas. Nadie se atrevió a dar un paso. Carla retomó un llanto que jamás se había detenido. Cuando llegó a lo alto se detuvo sobre un saliente entre las rocas ígneas. El viento azotaba su figura fibrosa y desordenaba su pelo de bucles salados. Estuvo inmóvil el tiempo suficiente para que los demás comprendieran que debían acercarse. Desde allí, los cinco vieron en el fondo del barranco el cuerpo sin vida de Masito, que con la pierna quebrada y la cabeza escarlata en un ala de mariposa de sangre era lamido por las cercanas olas del mar. Masito vivió su muerte en el mismo lugar que Miss Dora Curtis, quizás todo fruto de una misteriosa casualidad.

A su lado no había ninguna tabla de surf.

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